lunes, 28 de diciembre de 2009
¿Quién se atreve a comprometerse?
Me quejaba de los que nos gobernaban y de los que se oponían; me quejaba de la injusticia, de la falta de igualdad de oportunidades; me quejaba de los gobernantes que robaban, de los jueces que no investigaban y de la policía que organizaba el crimen. Me quejaba, opinaba, hablaba, en fin: me expresaba… pero no hacía nada al respecto.
Todo cambió el día que (luego de un análisis pormenorizado de las opciones de que disponía) me afilié al Encuentro por la Democracia y la Equidad y me puse a hacer, además de hablar. O por lo menos a tratar de hacer. El cambio de foco fue fundamental, porque por un lado me alivió esa angustia de la que uno se envuelve cuando tiende a ver todo negativo; y por el otro lado me di cuenta que de afuera es muy fácil criticar y encontrarle el pelo al huevo, pero de adentro uno advierte un montón de grises que hablan de una situación compleja que no se arregla con puro voluntarismo.
Nuestra sociedad hoy está más politizada que hace una década, el efecto 2001 dejó algunas huellas y hoy creo que, respecto de la época menemista, es más la gente que se interesa por nuestros problemas, que se informa, que opina, que se involucra. Pero todavía nos falta comprometernos.
¿Saben cuál es la diferencia entre involucrarse y comprometerse? En un omelette de jamón hay dos animales: la gallina, que se involucró con uno o dos huevos, y el chancho, que se comprometió un poco más y puso una pierna. En algunas cuestiones pienso que, como sociedad, estamos dispuestos, a lo sumo, a involucrarnos, a hacer una catarsis en una charla de café o protestando a los gritos cuando nos atienden mal en una oficina de algún servicio público privatizado de esos que tan mal nos atienden a todos.
Somos parte de una sociedad cobarde, que toca bocina en los peajes de la autopista pero paga al llegar a la cabina. Nos rasgamos las vestiduras si nos roban cien pesos o si matan a un vecino (en especial cuando llega el móvil de TN); pero callamos si a diez cuadras de casa una chica de 13 años tiene dos hijos desnutridos o si el mismo vecino, en vez de morir, mata a un chorro.
Hablemos del compromiso, que es lo que hace falta. Pero ¿quién se atreve a comprometerse? Siempre hay un buen motivo para NO hacer las cosas. Cuando uno quiere encontrar una vía de escape nuestra creatividad arrecia con ejemplos y opciones inmejorables que nos disculpan ante el resto. Pero ¿quién nos disculpa ante nuestra propia conciencia?
Está claro que la vida del siglo XXI tiene un ritmo que hace casi imposible sumar cualquier actividad a nuestro desborde cotidiano y todos tenemos “compromisos” con cuestiones que a veces no deseamos, como por ejemplo trabajar horas extras (incluso de esas que no se pagan doble) sólo porque a un jefe déspota se le ocurre. El tiempo nos falta a todos, como el dinero, es sólo para los privilegiados.
Pero cuidado que la falta de tiempo es la principal trampa que nos pone este sistema del que nos quejamos. ¿Estamos tan atrapados que ya no nos queda más remedio que rendirnos? ¿Qué excusa nos pondremos a nosotros mismos cuando debamos aceptar que no pudimos o no supimos encontrar la forma de hacer algo que de verdad nos importe?
Como este que propongo es un diálogo de cada uno con su propia conciencia, pienso que no hay una sino una multiplicidad de respuestas. Pero de algo estoy seguro: así como tenemos derechos como ciudadanos (como por ejemplo el derecho a trabajar horas extras para un jefe déspota que no nos lo reconoce), pienso que no podemos olvidar nuestras responsabilidades.
Y no hablo de armarse en defensa de la patria, que es un deber constitucional del que yo probablemente saldría rajando. Hablo de tomar partido, hablo de acercarse a nuestros problemas, hablo de mirar a la gente a los ojos, hablo de comprometernos de verdad y HACER algo, más allá de quejarnos.
En lo personal, afiliarme a un partido con el que me sentí identificado, tanto en sus principios como en cuanto a la gente con la que me encontré, me ayudó a encontrar algunas respuestas. Pero por supuesto eso fue sólo el comienzo de mi nuevo camino.
Para este 2010, que es un año, pero también una década y un centenario que se renuevan, les deseo a todos mucho compromiso y mucha acción, que si se dan juntos, no tengan dudas, traerán además mucha felicidad.
jueves, 3 de diciembre de 2009
Desconfíe del prójimo
Es sabido que una característica de nuestra sociedad argentina, más aún en la de los que vivimos en la metrópolis, nos lleva a creernos los mejores. Nuestra soberbia recorre el planeta y en todos lados se cuentan chistes de argentinos, siempre con este perfil. En cualquier grupo es muy común la crítica fácil y el chusmerío es un juego que nos divierte y que practicamos casi con pasión.
Aprendimos a identificarnos por la negativa, señalando lo que no somos, desmarcándonos de los diferentes, haciendo a un lado a los débiles, cerrando los ojos ante los que padecen, desviando la vista cuando en un semáforo un pibe de 7 años nos pide una moneda. Nos rasgamos las vestiduras si nos roban cien pesos o si matan a un vecino, pero callamos si a diez cuadras una chica de 13 años tiene dos hijos desnutridos o si el mismo vecino, en vez de morir, mata a un chorro.
Este rasgo, mitad soberbia y mitad hipocresía, mitad desprecio y mitad chantada, mitad ignorancia y mitad ineficiencia, mitad ceguera y mitad autodestrucción, nos atraviesa en todas nuestras expresiones y acentúa casi siempre una mirada negativa, pesimista, escéptica y derrotista, una mirada torcida y desconfiada.
Recuerdo una vieja canción de Leo Maslíah, "Cerrajería", originada en el primer oficio de este artista uruguayo. La letra decía algo así como:
Desconfíe del prójimo,
coloque en la puerta de su casa
una buena cerradura de seguridad.
No se pase de bueno, no.
Convénzace de que la gente nunca tiene
tanta honestidad como la tiene usted.
Dése cuenta, qué bárbaro
poder estar en su casa tan tranquilo
con la plena convicción casi religiosa
de que nadie podrá penetrar en su domicilio
sin que usted lo haya invitado.
Desconfíe del prójimo.
Coloque en la puerta de su casa
unas cuantas cerraduras de seguridad.
La canción, escrita a principios de los años 80, presagiaba ácidamente el fenómeno de la "inseguridad" que enloquece a la gente, aunque en la Argentina siga siendo mucho más probable morir de hambre, de enfermedades prevenibles o víctima de una imprudencia vehicular que asesinado por un pibe chorro.
Y así parece que somos, desconfiados. Otro dicho dice que el que se quemó con leche ve una vaca y llora. Será que estamos quemados, el asunto es que nos la pasamos llorando.
¿Y qué hacemos con la desconfianza, hacemos algo para corregirla, para transformarla? En general no confiamos mucho en que se pueda hacer algo al respecto.
¿Cómo se traslada esta característica a la política? Por empezar, de manera negativa, si pensamos que el hecho de delegar poderes a través del voto es un acto de confianza. Y de ahí seguramente que nuestra economía siempre esté caminando por la cornisa, cuando sin confianza no hay crédito, no hay esperanza, ni futuro.
Hace años que el poder se construye más por la fuerza que por medio de la confianza. Nos hemos acostumbrado a que acá se gobierna más por la acumulación de fuerzas que buscan un refugio (o un arreglo) que por la reunión de actores que ofrecen su aporte y se suman debido a sus propias coincidencias.
La reciente llegada al Congreso de los nuevos legisladores electos el 28 de junio generó varias escenas de desconfianza que terminaron por romper y dividir a distintos sectores de centroizquierda. El saldo aún es prematuro, pero está claro que hay algunas heridas que tardarán en cicatrizar.
Depende de qué partidos y qué legisladores se considere, las cuentas pueden variar, pero hay más de 20 diputados en la Cámara que con gusto se autoincluirían dentro de esta definición. Sin ir más lejos, fueron 25 los diputados cuyos partidos coincidieron hace tres meses en forzar muchas modificaciones en el proyecto de Ley de Medios que hicieron la versión finalmente promulgada tuviera mucha más legitimidad y consenso.
Sin embargo ahora, a la hora ver cómo se repartían los cargos y la integración de las comisiones con la nueva composición de las cámaras, estos mismos legisladores no pudieron sumarse. Se restaron. Para peor en un contexto en el que ningún partido tiene mayoría y en el que la búsqueda de consensos será la clave para llevar adelante cualquier inciativa.
La alineación a favor o en contra del gobierno, concretamente de los Kirchner, fue un catalizador que generó reacciones muy diversas. Por un lado Martín Sabbatella, por el otro Pino Solanas; los socialistas haciendo rancho aparte; los dirigentes de Solidaridad e Igualdad también divididos, por un lado la Solidaridad y por el otro la Igualdad. Las diputadas de Libres del Sur, que hace dos años eran kirchneristas y hace cinco meses estaban con Sabbatella en el Nuevo Encuentro, ahora se apartan para mostrar su independencia opositora.
No hay ni qué agregar, queda poca confianza en este espacio, todos se están mirando de reojo, orejeando los naipes y especulando cuál será el próximo paso de los demás, como si estos fueran los verdaderos adversarios a los que hay que oponerse. Mientras tanto la derecha se reorganiza rápidamente y se frota las manos para recuperar el tiempo y el terreno perdidos.
No es objeto de este escrito juzgar quién a mi juicio actuó bien o mal. Se trata de la confianza, se trata de construir y no destruir, se trata de pensar a largo plazo y no especulando con las próximas elecciones, se trata de trabajar con coherencia y no relojeando qué mide y qué no, o de ver qué artilugio marketinero nos puede levantar, o pergeñar qué acuerdo trasnochado nos puede dejar más cerca del fogoncito del poder.
Si no contenemos nuestra propia compulsión a la desconfianza y al chisme ácido, ya podemos proponer el nombre para rebautizar a este espacio político como el Nuevo Desencuentro. Ya está, no lo contuve, qué lo parió...
miércoles, 1 de julio de 2009
Elecciones
En general en las escuelas hubo orden, se terminó a horario sin demasiadas quejas. Queda sí lamentar el desinterés de la gente por ir a sufragar, con el porcentaje de votantes más bajo desde que volvió la democracia, porcentaje seguramente agravado por la epidemia de gripe que hizo que muchos prefirieran quedarse en sus casas.
La gripe, por cierto, fue una de las protagonistas de la jornada, con rostros tapados con barbijos, manos con guantes de látex y alcohol en gel a disposición en cada mesa. Los que tuvimos que fiscalizar en Buenos Aires – en mi caso San Isidro– pasamos una larga y fría jornada, que empezó antes del amanecer y terminó también de noche, para colmo con lluvia. La decisión de adelantar las elecciones chocó también en este punto con el sentido común que indica que no se puede movilizar a todo un país el día del año que más frío hace. Pero el sentido común es un sentido muy poco común, últimamente.
Hemos elegido, nos hemos expresado como sociedad y en este punto también cada uno saca sus conclusiones. ¿Cómo leer una urna llena de sobres? Al día siguiente de la derrota –y horas después de que su marido renunciara a la Presidencia del PJ– Cristina Kirchner encontró la manera aparentemente científica y estadística de demostrar que el gobierno había ganado las elecciones.
Desde mi punto de vista la sociedad se expresó contra una manera de hacer política basada en el uso de la fuerza, la amenaza y la imposición de hechos consumados. Desde lo que yo pude interpretar, los votos piden debate y no órdenes, reclaman intercambio de ideas y consenso, exigen que los políticos gobernantes y opositores se sienten a trabajar en pos de un país más justo, más solidario, más previsible y más normal.
Pero se sabe que a estos políticos no les interesa mucho dialogar con la sociedad, mucho menos oír lo que la sociedad tiene que decirles a ellos. Y al día siguiente del comicio, algunos de los que ganaron empezaron a candidatearse para la Presidencia 2011; y los que perdieron se preocuparon más por no desaparecer del mapa político y aferrarse a sus privilegios que por entender un mensaje y ver qué pueden cambiar.
Da la sensación de que la mayoría de los políticos está más preocupado por mandar que por ver con quién se juntan para hacerlo; parece que están más interesados en gobernar que en resolver los problemas; y que están más decididos a dar rienda suelta a sus ambiciones que a ofrecerse generosamente a construir un proyecto.
La experiencia de la que formo parte –el partido Nuevo Encuentro– sigue siendo una alternativa, por suerte no la única a la vista. Además de la elección como diputados de Martín Sabbatella y Graciela Iturraspe, fue una gran noticia la elección de Pino Solanas en la Capital Federal. Un dato: entre Proyecto Sur y Nuevo Encuentro se juntó casi un millón de votos sólo en la ciudad y la provincia de Buenos Aires.
En ambas fuerzas y en otros partidos también hay gente muy valiosa, políticos que trabajan seriamente y no ponen delante de cualquier debate sus ambiciones personales ni su voluntad de llegar al poder. Martín Sabbatella, Pino Solanas, los dirigentes de la CTA, Hermes Binner y otros socialistas, Luis Juez, economistas como Claudio Lozano y José Sbattella, educadores como Alicia Argumedo, defensores de los derechos humanos como Adolfo Pérez Esquivel, luchadores sociales como Jorge Ceballos. Seguramente la lista puede duplicarse sin temor a disminuir la calidad ni el prestigio de la misma. Gente seria, gente coherente que no anda cambiando de discurso según le convenga, gente que se puede poner de acuerdo en un montón de temas. Claramente, a mi juicio, es toda gente que debería estar más junta, que separada.
No sé si esto es posible, muchos de ellos ya trabajan juntos o lo han hecho en el pasado, aunque la lista grande de dirigentes progresistas que hoy podrían constituir un partido fuerte y transformarse en una verdadera alternativa es una incógnita. Estamos hablando de transformar la realidad y para eso no alcanza con declaraciones altisonantes ni con ambigüedades.
Es hora de que muchos y muchas empecemos a elegir desde hoy –no esperar al 2011, por favor, cuando sea demasiado tarde– qué país queremos y qué dirigentes queremos que nos representen. Y es hora también de que nuestros dirigentes elijan qué proyecto van a construir, si el de una fuerza progresista y verdaderamente democrática que renueve la política y ofrezca esa nueva alternativa o el de conformarse con la denuncia y la oposición a lo que seguramente seguirán haciendo los que todavía nos gobiernan.
La derecha ya está agazapada frotándose las manos, con nostalgia de la fiesta que vivió en los años ’90. ¿Qué vamos a hacer nosotros?
jueves, 21 de mayo de 2009
Hay un plan
Una primera mirada, un poco superficial, podría comprobar la escacez de ideas nuevas y la falta total de voluntad por debatir, por construir, por unir las propuestas mejores. La prioridad para la mayoría de los dirigentes es reforzar el espacio propio de poder e influencia y reciclarse permanentemente como "lo nuevo". Todo lo que venga de otro lado en principio es rechazado. Y gracias a esta metodología de la improvisación y la acumulación de poder, en la Argentina la vida sigue siendo tan dura de sobrellevar en las últimas décadas. Ni unos ni otros, ni los que gobernaban antes, ni los que siguieron, ni los que están, ninguno ha podido mejorar verdaderamente la vida de la mayoría de los argentinos.
Los Kirchner tuvieron su etapa de bonanza, cuando la economía global reactivó la local, cuando la pesificación convirtió al país en una multitud de pobres que podía trabajar barato para una pequeña cantidad de empresarios que se enriquecían. Hoy que cambió el viento de la economía global, las ideas de los Kirchner navegan a la deriva y el país queda una vez más sin un rumbo claro.
Una segunda mirada, un poco más profunda, podría tal vez especular que todo esto no es producto de la ausencia de ideas y propuestas sino la consecuencia de la puesta en marcha de una idea muy simple y clara: mantener las cosas como están, no redistribuir los ingresos, no estimular la participación de la gente, desmovilizar, no aceitar los mecanismos democráticos y ampararse en los grupos poderosos que todavía se benefician, como los gordos de la CGT, como los intendentes del conurbano, como los empresarios amigos. Piénsenlo por un minuto, tiene sentido.
(Espacio para pensar durante 1 minuto en por qué los políticos asumen siempre prometiendo cambios que en definitiva nunca logran concretar)
Volviendo a mi propia historia, las noticias que llegaban desde Morón hablaban de que aparentemente había una excepción a la regla y éste fue el punto de partida a mi acercamiento al partido Encuentro por la Democracia y la Equidad de Martín Sabbatella: los ejes de sus 10 años de gobierno en el Municipio de Morón (que quede claro, 10 años de gobierno, no de campaña) entre otros, fueron:
- la transparencia de todos los actos públicos
- la participación de los vecinos en las decisiones
Hace algunas semanas concurrí a Vicente López, donde dos funcionarios de Morón venían a dar una charla abierta para quienes quisieran conocer su experiencia en el "lejano Oeste". Daniel Larrache y Pablo Itzcovich, Secretario y Director de Planificación Estratégica, contaron durante dos horas qué es un "Plan Estratégico Urbano" y cómo lo vienen implementando en Morón.
El tema es largo de desarrollar en estas líneas pero me reveló la existencia clara y palpable de algunas ideas:
- primero que nada: hay un plan.
- no hay lugar para los negocios privados
- los funcionarios están regidos por el concepto de "discrecionalidad cero". En Morón la ley prohíbe que se hagan excepciones de cualquier tipo, la ley es igual para todos.
- el municipio está dividido en 7 barrios, cada uno de los cuales tiene un Centro de Participación, un edificio al que los vecinos pueden ir para plantear problemas, buscar soluciones, pero también para proponer ideas y proyectos.
- una porción del presupuesto se delega a cada una de estas sedes y son los propios vecinos los que proponen en qué gastarla y los lo que aprueban con su voto.
(Espacio para pensar 1 minuto qué idea nos gustaría proponer en nuestro barrio, ¿qué haríamos si tuviéramos la posibilidad de discutir colectivamente en qué queremos gastar 10 millones de pesos en un año?)
La vida de muchos de los que viven en Morón ha cambiado un poco en estos últimos 10 años. Muchos siguen siendo muy pobres, Morón al fin y al cabo queda en la Argentina. Pero la calidad de la democracia en esa zona del Oeste es muy superior a la del resto del conurbano. Los moronenses elevaron el estándar de sus instituciones, las ordenanzas que rigen a este gobierno de Sabbatella, obligarán a los puedan sucederlo a mantener la transparencia y la participación como herramientas que no pueden volver atrás. Y eso sí que es una gran idea.
jueves, 14 de mayo de 2009
¡Candidato!
Por suerte no hubo mucho lugar para el desencuentro, todos llegamos hasta ahí con ganas de hacer pero sin afán de figuraciones y protagonismos. Así que en cuestión de minutos pasamos en limpio algo que a muchos partidos les lleva semanas o meses de negociaciones, amenazas, tiras y aflojes, piruetas y traiciones.
Como ejemplo de lo que habitualmente pasa (y no pasó en Nuevo Encuentro), les aporto algunos datos anecdóticos de acá de San Isidro:
- El oficialismo que sigue al intendente Gustavo Posse tiene un pasado de origen radical; luego supo ser kirchnerista; y ahora recuperó la memoria y va en la misma boleta detrás de la candidatura de Margarita Stolbizer, del Acuerdo Cívico y Social (radicales + Coalición Cívica, para los desinformados). Qué casualidad que siempre está con los que ganan.
- Para sumar confusión, habrá otra boleta en San Isidro encabezada por Margarita Stolbizer, del Acuerdo Cívico y Social, pero con otros candidatos a concejales, QUE SE DECLARAN OPOSITORES. O sea, el Acuerdo Cívico y Social en San Isidro presenta dos listas: una oficialista y otra opositora. Que alguien lo explique, si puede.
- Otra lista opositora es encabezada por el dirigente sanisidrense Pablo Chamatrópulos; en la boleta va detrás de la candidatura para diputado de Francisco De Narváez, de Unión-Pro. Ajá... Es el mismo Chamatrópulos (no creo que haya dos candidatos con semejantes nombre y apellido) que en la anterior elección era el referente... de la Coalición Cívica. Pero como estos abrocharon el acuerdo con el intendente Posse, cruzó de vereda como quien camina por las líneas blancas en una esquina.
Para la conformación de las listas se marcó un criterio que, sin demasiadas dificultades, nos ayudó a ordenarnos. Así fue que quedé como candidato a concejal, tercer suplente de la lista. Demás está decir que, si bien no es una candidatura testimonial y falsa como la de muchos funcionarios kirchneristas, la mía es más bien simbólica e implica el compromiso con la causa en la que me estoy embarcando. Acabo de llegar, siento que tengo mucho para decir, pero dificilmente pueda adjudicarme la capacidad de representar a alguien, al menos por ahora.
martes, 12 de mayo de 2009
En campaña
Yo quería ponerme a discutir de política, a ver qué pensaban mis "compañeros", a descubrir si me estaba metiendo en alguna trampa -imposible no desconfiar-. Y cuando me quise dar cuenta, estaba un sábado a la mañana repartiendo volantes en una esquina de San Isidro. La gente que se detenía, esperaba que le hablara de algo de lo que yo todavía no estaba convencido. Y el observar a 8 personas de diversos orígenes y edades con sus manos cargadas de... volantes... me hacía pensar: "¿Cómo carajo haremos para cambiar algo?"
Sin perder la convicción me encaminé dos días más tarde a Vicente López. Esa mañana, "mi candidato", "mi líder", en fin, Martín Sabbatella, haría una caminata de esas en las que los políticos se hacen ver, le dan la mano al que se acerca, sonríen, algunos si pueden alzan un chico y lo besan. Afortunadamente hay algunos registros gráficos que me ayudarán a contar esta jornada histórica.
El grupo de apoyo al candidato era más bien pintoresco: muchos jóvenes (al menos para mí, gente de entre 30 y 50), casi todos vestidos con jeans y ropa casual. Para los que no me conocen yo soy el de camisa verde que reparte videos, al que Sabbatella le palmea el hombro.
Cuando por fin estreché la mano de Sabbatella comprobé algo que me interesó: es casi tan petiso como yo.
Nótese mi cara, el esfuerzo que me implicaba ponerme a hablar con un político.
El candidato Sabbatella recorrió un ratito la zona, más poblada de jubiladas que de votantes (recuérdese que los jubilados votan optativamente), por lo que me pareció un acto más dirigido a los propios militantes que lo rodeaban que al electorado en sí.
Más allá de mi análisis de principiante, observé un detalle que me interesó y muchas veces es más fácil conocer a las personas por estos detalles que por definiciones ideológicas más pretenciosas.
Resulta que en medio de este grupo variado de militantes de pronto apareció un hombre trajeado que claramente se distinguía del resto, pinta de abogado, canoso, muy elegante. ¿Quién era? Un hombre que decía liderar un grupo importante de vecinos de San Isidro, movilizados por el tema "Inseguridad". ¿Qué se proponía el hombre del traje? Concretamente ser candidato. Lo había planteado sin tapujos en una reunión previa y volvía a la carga para decírselo en la cara a Sabbatella. No importaba tanto qué pensaba acerca de distintas temáticas, lo que él quería era ser candidato a concejal.
Su propuesta no fue tenida en cuenta y el hombre del traje elegante se escabulló rápidamente por las pobladas calles de Vicente López. Pero a mí me quedaba la idea de que en este partido político la gente no se rejuntaba por conveniencias, sino por una voluntad de construir una propuesta coherente.
Mi primer encuentro con Sabbatella terminaba con alguna frialdad. Como esas parejas que empiezan a salir y dicen "Nos estamos conociendo", aún no podía afirmar que había descubierto lo que buscaba; pero hasta este punto, no había chocado con un sólo aspecto en el que estuviera en desacuerdo. Para empezar no estaba mal.
Orientarse en la penumbra
Demás está decir que "la política" es una abstracción, el problema no es "la política", sino los políticos. Ya hablé de los políticos que conozco. Decidido a tomar alguna iniciativa empecé a buscar. En verdad, cabe aclarar, si bien es claro el desencanto y el rechazo que me produjeron los políticos argentinos durante las últimas décadas, nunca dejé de leer, de informarme, de buscar distintas fuentes, de analizar críticamente lo que leía. De ese cúmulo de información procesada y acumulada, emergía como una rareza a desentrañar la figura de Martín Sabbatella, intendente de Morón.
De él había leído y oído diversos comentarios, ninguno de ellos negativos, a los que podemos considerar como mis preconceptos sobre él y el partido con el que gobierna el Municipio de Morón desde 1999:
- "es un hombre joven (39 años) con buenas intenciones"
- "se convirtió en intendente de Morón como consecuencia de la destitución de Rousselot"
- "desde que asumió como intendente fue reelecto en dos oportunidades"
- "basa su popularidad en la transparencia de sus actos y en la participación de los vecinos en la decisiones"
Así descubrí que había algo o alguien que impulsaba las ideas de Sabbatella en la zona donde vivo, el Partido de San Isidro en la Zona Norte del Gran Buenos Aires. Me puse en contacto vía Facebook. Con todos los reparos que tales contactos pueden deparar al pasar de la vida virtual a la real, fui al encuentro de un vecino, a una cuadra de casa, que decía ser una de las personas que estaba organizando el tema.
El vecino resultó ser Pablo Charras, un ex militante radical que, harto de tragar sapos y de las eternas internas, abandonó su carrera política en 2001. ¿Se acuerdan de 2001? ¿Quién no tiraba la toalla en esa época?
En la charla con Pablo descubrí que él no tenía muchísima información más que yo y que estaba todo por hacer, que en verdad el espacio estaba vacío y en construcción, que los dirigentes del EDE en San Isidro eran cinco o seis y que ninguno tenía en su haber una trayectoria política muy extensa. ¡Perfecto! No me interesaba descubrir un espacio lleno de los políticos que conozco, buscaba uno con tipos con ideas distintas a las que se ponen en práctica permanentemente, ideas que hoy casi parecen revolucionarias:
- Ser coherentes entre lo que se dice y lo que se hace, no incurrir en falsas promesas electorales, por ejemplo.
- Ser transparentes, no tener nada que ocultar, no quedarse con ningún vuelto y no considerar la política como un negocio.
- Debatir ideas en busca de consensos, buscar la mejor solución a un problema y no la que a uno más le convenga.
- Construir pensando en el mediano y largo plazo, buscar la estabilidad, la confiabilidad, evitar los golpes de timón ideológicos o estratégicos.
- Y fundamentalmente trabajar por un país de verdad más justo, más equitativo.
- Muchos políticos hablan de transparencia, pero muy pocos resisten un análisis serio de sus contabilidades personales.
- Muchos políticos dicen que quieren debatir, cuando en verdad quieren imponer su idea por la fuerza.
- Muchos dirigentes anuncian obras fastuosas, nos hablan del bicentenario, de proyectos a largo plazo; pero cambian permanentemente de carril, un día son privatistas, al otro son estatistas, un día corren por izquierda y al otro aparecen por derecha.
- Muchos dirigentes, cuando están en el poder, cada vez que se les presenta la ocasión, hacen excepciones a las reglas, cambian los códigos de urbanización en votaciones por la madrugada, encargan negocios multimillonarios por adjudicación directa.
- Y todos los políticos, o casi todos, dicen que trabajan por un país más justo y equitativo; pero el país sigue cayéndose a pedazos y nada cambia.
