lunes, 22 de febrero de 2010

Guerra de verdades

En toda guerra se sabe que la primera víctima es la verdad, si es que ésta alguna vez tuvo vida. Hablando en términos de sociedades y medios de comunicación, tengamos en cuenta que la complejidad y diversidad de sus habitantes de por sí ya es un gran obstáculo para alcanzar el objetivo común de acordar qué es verdad y qué es mentira.

Pero, ¿qué es la verdad sino una construcción parcial, un recorte, una interpretación de quien la emite, una recepción entrecortada de quién la recibe, un malentendido de quien trata de interpretarla? Todo esto que se afirma en esta nota, de hecho, podrá ser verdad para muchos y para otros sin duda será mentira o en el mejor de los casos, una verdad a medias.

La sanción de la Ley de Servicios Audiovisuales en 2009 puso de relieve como nunca esta imposibilidad de acordar colectivamente ciertos consensos en la Argentina y llevó a cavar dos trincheras desde las que se ataca permanentemente al bando enemigo: de un lado está el gobierno, los medios estatales y algunos comunicadores que ven con buen ojo la apertura de nuevos espacios; en el otro está la corporación mediática, encabezada por Clarín y su grupo multimediático, con el seguimiento a coro de lo que llaman “la oposición” y es en verdad sólo una parte de ella. En el medio muchos no logran identificarse con ninguna de las dos trincheras y a veces quedan expuestos al intercambio de proyectiles, sin saber dónde encontrar refugio.

Esta guerra de los medios, retratada por ejemplo esta semana por el periodista Luis Bruschtein en Página 12, nos pone a todos ante situaciones que desconocíamos en las que empiezan a caerse las caretas de los grandes medios, que antes disimulaban sus intereses políticos y económicos detrás de cierta prolijidad, una fachada más o menos bien cuidada que le daba credibilidad al paquete completo. Hoy esto cambió, y más que nunca está claro que la corporación mediática tiene primero que nada intereses económicos que no son otros que los de aquellos que se beneficiaron con las políticas económicas que se vienen ejecutando en la Argentina desde la dictadura militar.

Clarín ya era “el gran diario argentino” en 1976, pero fue a partir de ese año, con su apoyo a la dictadura y el acuerdo con el Estado para comprar Papel Prensa, que empezó a ser grande en serio. Para el desprevenido que no lo tenga claro, David Graiver, que era dueño de la parte que luego compran Clarín, La Nación y La Razón había sido asesinado. Sus familiares fueron detenidos por agentes de seguridad y en esas circunstancias firmaron los papeles de venta. Pueden conocer más al respecto en el relato de uno de los familiares.
Dos años más tarde el dictador Jorge Rafael Videla inauguró la planta de Papel Prensa junto a la dueña de Clarín Ernestina Herrera de Noble, en una velada que quedó retratada para la posteridad.

27 de septiembre de 1978. No hay verdad más elocuente que una foto (aunque también existe el retoque digital). En los tiempos de este retrato en la Argentina ya había miles de desaparecidos y en Clarín y La Nación no se había podido leer nada al respecto.

Hace pocas semanas, en ese habitual cruce de disparos entre trincheras, la presidente CFK habló sobre aquella transacción fraudulenta y el directorio de Papel Prensa salió a contestarle. Pueden saber más al respecto en esta crónica. Pero resulta curiosa la siguiente afirmación en el comunicado de Papel Prensa: “Se ha hablado de un supuesto 'precio vil'. Sería importante destacar en este punto que jamás esta empresa ha tenido conocimiento de reclamo alguno de los vendedores”. ¿Cuál es la verdad en este caso? Probablemente sea cierto que nunca haya habido reclamos, pero, dadas las circunstancias, ¿alcanza eso para ser “la verdad”? ¿Era "la verdad" lo que se publicaba en aquellos años en las páginas de Clarín y el resto de los diarios o sólo una parte de ella? Por supuesto no hay explicaciones al respecto de parte de los responsables de estos medios, debe ser complicado justificar cuando la omisión se parece tanto a la mentira.

Clarín se ha especializado en las últimas décadas en hablar en nombre de “la gente”, su supuesto talento es ser el vocero de los ciudadanos cuando en verdad no es un medio que esté escuchando a sus consumidores sino que es una empresa muy poderosa que nos está sugiriendo permanentemente qué tenemos que hacer, decir y pensar. Detrás de un fabuloso circo montado a base de fútbol, telenovelas, shows con escándalos y mujeres semidesnudas, se ofrece una batería informativa siempre alarmante; y más atrás aún, lejos del registro de "la gente" se esconde un pequeño grupo de personas que no piensan en hacer “periodismo independiente”, sino en hacer grandes negocios.
Al respecto, es bueno el razonamiento que hacía Jorge Lanata en este fragmento de su programa del año pasado cuando hablaba de esta manera sobre TN y su campaña contra la Ley de Medios.


En la otra trinchera hay un gobierno que ha hecho algunas cosas bien, como sancionar precisamente la Ley de Medios, pero que lo hace todo desde la perspectiva de su propia conveniencia y en función de sobrevivir aferrados a sus puestos de poder. ¿Está bien que Clarín pierda los derechos que inescrupulosamente acaparó durante más de dos décadas para transmitir el fútbol en exclusividad? Claro que está bien, pero la imagen se borronea cuando el Gobierno se otorga a sí mismo esa misma exclusividad y paga por los servicios de producción el triple de su valor. ¿Esta bien que el gobierno use los medios estatales para defenderse en esta guerra mediática y planee multiplicarlos y crear nuevos canales y radios? Por supuesto que sí, pero la idea pierde nitidez cuando se advierte que en los medios estatales sólo hay oficialismo y autobombo y queda poco espacio para el disenso.

Al respecto encontré una polémica entre el programa “6, 7, 8” de Canal 7 y el periodista Pablo Sirvén, del diario La Nación. “6, 7, 8” es el programa insignia de la defensa oficialista y lo hace con un panel de periodistas e invitados que inevitablemente están de acuerdo en algo: no tanto en defender al gobierno como en denunciar a sus enemigos.


Por informes como éste han demostrado que es un programa en el que, desde una óptica inocultablemente oficialista, buscan aportar reflexión y argumentos a este momento histórico y político que vivimos. Es interesante lo que señala Luciano Galende en el video posteado, cuando habla de la “pérdida del pudor”, cuando desde las grandes corporaciones mediáticas se miente inescrupulosamente con tal de debilitar al gobierno al que ahora se oponen. Porque hay que recordar que este divorcio entre el establishment mediático y los Kirchner es posterior a la presidencia de Néstor, que gobernó cuatro años con el coro de aplausos y tapas favorables en la mayoría de los diarios. Chequeen por ejemplo estas dos tapas de Clarín, la primera el domingo (día de mayor circulación) 7 de octubre de 2007, dos semanas antes de las elecciones nacionales. La otra de este verano 2010.
7 de octubre de 2007

7 de febrero de 2010

En las dos el gobierno quiere hacer algo con fondos del Estado. Según Clarín en la primera el Gobierno “libera” los fondos; en la segunda quiere “usar” las reservas y hasta en el copete sugiere entrelíneas que hace “ofrecimientos” aparentemente non sanctos. Y no se pierdan arriba a la derecha el recuadro para la hotelería en el sur como una pasión K. ¿Quién sino Clarín impuso la K como un adjetivo calificativo y negativo?

Hablaba de una polémica entre “6, 7, 8” y Pablo Sirvén, periodista de espectáculos que publicó en el diario La Nación la siguiente crítica al programa, como si sólo estuvieran hablando de eso, de espectáculos.

“6, 7, 8” podrá ser o no del agrado de Sirvén o de quien sea, pero resulta vergonzosa la comparación que hace con el noticiero de la dictadura “60 Minutos”, famoso por liderar la campaña de desinformación que hubo en la Argentina durante la guerra de Malvinas. Y resulta más curioso que se lo haga desde las páginas de La Nación, diario que acompañó a los jerarcas de la dictadura tanto en la guerra de Malvinas como a lo largo de todo el trágico Proceso y que calló en esos años todos y cada uno de sus crímenes. Realmente son bajezas que muestran hasta qué punto están jugados estos grupos a no ceder más espacios y a recuperar si pueden los ya perdidos.

Y acá entra otro debate que excede a las grandes corporaciones: ¿cuál es el papel de los periodistas, el de las personas que trabajan en esas empresas o para el Estado, el de los profesionales que ponen su nombre, su apellido y su historial como coartada, como paraguas protector para sus propios empleadores? ¿Es que ya no queda lugar para la libertad de opinión en esta guerra mediática? ¿No hay lugar para correrse de esta pelea y opinar diferente o proponer algo nuevo? Tal parece que sólo queda alinearse y disparar hacia la trinchera de enfrente.

Cuesta entender a periodistas que a lo largo de sus carreras han demostrado con hechos que defendían la libertad de expresión, verlos ahora defender los derechos de las grandes empresas que les pagan suculentos contratos en contra de un gobierno al que aborrecen. No estamos hablando de monigotes como Gustavo Sylvestre y Marcelo Bonelli que remedan en TN a lo peor de Bernardo Neustadt y Mariano Grondona, tanto en sus épocas de la dictadura como en las de los 90 cuando Menem convertía el país en un shopping y rifaba todo al mejor postor. No, estamos hablando de Magdalena Ruiz Guiñazú y su oposición al la Ley de Medios, de Ernesto Tenembaum y su violento cruce con el diputado Agustín Rossi, de Alfredo Leuco diciendo los otros días en la radio que “hay olor a 2001”. De Sergio Lapegüe en TN poniendo cara de “buenos amigos” y haciendo papelones como éste.


Como en esta guerra no queda otra que alinearse, yo hago como los de “6, 7, 8” y miro más en contra de quién me siento identificado. Y ahí no tengo dudas que estoy en la vereda de enfrente de la corporación mediática. Pero hay mucha gente que queda confundida en el medio de ese repiqueteo cotidiano y no sabe para qué lado salir disparada. Hablando de repiqueteo, como final les dejo una versión muy buena de un comercial que anda dando vueltas por ahí. Y a ponerse el casco, que esto va para largo.

lunes, 28 de diciembre de 2009

¿Quién se atreve a comprometerse?

Muchos de ustedes sabrán de mi participación política en el Nuevo Encuentro, el espacio que lidera Martín Sabbatella; otros tal vez se estén enterando en este acto. Algunos recordarán que esto es algo relativamente nuevo para mí y que comenzó un buen día hace casi un año en que me cansé de escucharme a mí mismo quejarme de todo.

Me quejaba de los que nos gobernaban y de los que se oponían; me quejaba de la injusticia, de la falta de igualdad de oportunidades; me quejaba de los gobernantes que robaban, de los jueces que no investigaban y de la policía que organizaba el crimen. Me quejaba, opinaba, hablaba, en fin: me expresaba… pero no hacía nada al respecto.

Todo cambió el día que (luego de un análisis pormenorizado de las opciones de que disponía) me afilié al Encuentro por la Democracia y la Equidad y me puse a hacer, además de hablar. O por lo menos a tratar de hacer. El cambio de foco fue fundamental, porque por un lado me alivió esa angustia de la que uno se envuelve cuando tiende a ver todo negativo; y por el otro lado me di cuenta que de afuera es muy fácil criticar y encontrarle el pelo al huevo, pero de adentro uno advierte un montón de grises que hablan de una situación compleja que no se arregla con puro voluntarismo.

Nuestra sociedad hoy está más politizada que hace una década, el efecto 2001 dejó algunas huellas y hoy creo que, respecto de la época menemista, es más la gente que se interesa por nuestros problemas, que se informa, que opina, que se involucra. Pero todavía nos falta comprometernos.

¿Saben cuál es la diferencia entre involucrarse y comprometerse? En un omelette de jamón hay dos animales: la gallina, que se involucró con uno o dos huevos, y el chancho, que se comprometió un poco más y puso una pierna. En algunas cuestiones pienso que, como sociedad, estamos dispuestos, a lo sumo, a involucrarnos, a hacer una catarsis en una charla de café o protestando a los gritos cuando nos atienden mal en una oficina de algún servicio público privatizado de esos que tan mal nos atienden a todos.

Somos parte de una sociedad cobarde, que toca bocina en los peajes de la autopista pero paga al llegar a la cabina. Nos rasgamos las vestiduras si nos roban cien pesos o si matan a un vecino (en especial cuando llega el móvil de TN); pero callamos si a diez cuadras de casa una chica de 13 años tiene dos hijos desnutridos o si el mismo vecino, en vez de morir, mata a un chorro.

Hablemos del compromiso, que es lo que hace falta. Pero ¿quién se atreve a comprometerse? Siempre hay un buen motivo para NO hacer las cosas. Cuando uno quiere encontrar una vía de escape nuestra creatividad arrecia con ejemplos y opciones inmejorables que nos disculpan ante el resto. Pero ¿quién nos disculpa ante nuestra propia conciencia?

Está claro que la vida del siglo XXI tiene un ritmo que hace casi imposible sumar cualquier actividad a nuestro desborde cotidiano y todos tenemos “compromisos” con cuestiones que a veces no deseamos, como por ejemplo trabajar horas extras (incluso de esas que no se pagan doble) sólo porque a un jefe déspota se le ocurre. El tiempo nos falta a todos, como el dinero, es sólo para los privilegiados.

Pero cuidado que la falta de tiempo es la principal trampa que nos pone este sistema del que nos quejamos. ¿Estamos tan atrapados que ya no nos queda más remedio que rendirnos? ¿Qué excusa nos pondremos a nosotros mismos cuando debamos aceptar que no pudimos o no supimos encontrar la forma de hacer algo que de verdad nos importe?

Como este que propongo es un diálogo de cada uno con su propia conciencia, pienso que no hay una sino una multiplicidad de respuestas. Pero de algo estoy seguro: así como tenemos derechos como ciudadanos (como por ejemplo el derecho a trabajar horas extras para un jefe déspota que no nos lo reconoce), pienso que no podemos olvidar nuestras responsabilidades.

Y no hablo de armarse en defensa de la patria, que es un deber constitucional del que yo probablemente saldría rajando. Hablo de tomar partido, hablo de acercarse a nuestros problemas, hablo de mirar a la gente a los ojos, hablo de comprometernos de verdad y HACER algo, más allá de quejarnos.

En lo personal, afiliarme a un partido con el que me sentí identificado, tanto en sus principios como en cuanto a la gente con la que me encontré, me ayudó a encontrar algunas respuestas. Pero por supuesto eso fue sólo el comienzo de mi nuevo camino.

Para este 2010, que es un año, pero también una década y un centenario que se renuevan, les deseo a todos mucho compromiso y mucha acción, que si se dan juntos, no tengan dudas, traerán además mucha felicidad.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Desconfíe del prójimo

Se dice que "la curiosidad mata al gato". Respecto de las personas, a menudo se escucha hablar del poder asesino de la humedad (en especial en Buenos Aires) y hay un dicho que postula que "la confianza mata al hombre", aunque no establece qué sería lo que les pasa a las mujeres que se confían. Pues bien, yo quiero expresar que, para mí, lo que nos está matando es la desconfianza.

Es sabido que una característica de nuestra sociedad argentina, más aún en la de los que vivimos en la metrópolis, nos lleva a creernos los mejores. Nuestra soberbia recorre el planeta y en todos lados se cuentan chistes de argentinos, siempre con este perfil. En cualquier grupo es muy común la crítica fácil y el chusmerío es un juego que nos divierte y que practicamos casi con pasión.

Aprendimos a identificarnos por la negativa, señalando lo que no somos, desmarcándonos de los diferentes, haciendo a un lado a los débiles, cerrando los ojos ante los que padecen, desviando la vista cuando en un semáforo un pibe de 7 años nos pide una moneda. Nos rasgamos las vestiduras si nos roban cien pesos o si matan a un vecino, pero callamos si a diez cuadras una chica de 13 años tiene dos hijos desnutridos o si el mismo vecino, en vez de morir, mata a un chorro.

Este rasgo, mitad soberbia y mitad hipocresía, mitad desprecio y mitad chantada, mitad ignorancia y mitad ineficiencia, mitad ceguera y mitad autodestrucción, nos atraviesa en todas nuestras expresiones y acentúa casi siempre una mirada negativa, pesimista, escéptica y derrotista, una mirada torcida y desconfiada.

Recuerdo una vieja canción de Leo Maslíah, "Cerrajería", originada en el primer oficio de este artista uruguayo. La letra decía algo así como:

Desconfíe del prójimo,
coloque en la puerta de su casa
una buena cerradura de seguridad.
No se pase de bueno, no.
Convénzace de que la gente nunca tiene
tanta honestidad como la tiene usted.
Dése cuenta, qué bárbaro
poder estar en su casa tan tranquilo
con la plena convicción casi religiosa
de que nadie podrá penetrar en su domicilio
sin que usted lo haya invitado.
Desconfíe del prójimo.
Coloque en la puerta de su casa
unas cuantas cerraduras de seguridad.

La canción, escrita a principios de los años 80, presagiaba ácidamente el fenómeno de la "inseguridad" que enloquece a la gente, aunque en la Argentina siga siendo mucho más probable morir de hambre, de enfermedades prevenibles o víctima de una imprudencia vehicular que asesinado por un pibe chorro.

Y así parece que somos, desconfiados. Otro dicho dice que el que se quemó con leche ve una vaca y llora. Será que estamos quemados, el asunto es que nos la pasamos llorando.

¿Y qué hacemos con la desconfianza, hacemos algo para corregirla, para transformarla? En general no confiamos mucho en que se pueda hacer algo al respecto.

¿Cómo se traslada esta característica a la política? Por empezar, de manera negativa, si pensamos que el hecho de delegar poderes a través del voto es un acto de confianza. Y de ahí seguramente que nuestra economía siempre esté caminando por la cornisa, cuando sin confianza no hay crédito, no hay esperanza, ni futuro.

Hace años que el poder se construye más por la fuerza que por medio de la confianza. Nos hemos acostumbrado a que acá se gobierna más por la acumulación de fuerzas que buscan un refugio (o un arreglo) que por la reunión de actores que ofrecen su aporte y se suman debido a sus propias coincidencias.

La reciente llegada al Congreso de los nuevos legisladores electos el 28 de junio generó varias escenas de desconfianza que terminaron por romper y dividir a distintos sectores de centroizquierda. El saldo aún es prematuro, pero está claro que hay algunas heridas que tardarán en cicatrizar.

Depende de qué partidos y qué legisladores se considere, las cuentas pueden variar, pero hay más de 20 diputados en la Cámara que con gusto se autoincluirían dentro de esta definición. Sin ir más lejos, fueron 25 los diputados cuyos partidos coincidieron hace tres meses en forzar muchas modificaciones en el proyecto de Ley de Medios que hicieron la versión finalmente promulgada tuviera mucha más legitimidad y consenso.

Sin embargo ahora, a la hora ver cómo se repartían los cargos y la integración de las comisiones con la nueva composición de las cámaras, estos mismos legisladores no pudieron sumarse. Se restaron. Para peor en un contexto en el que ningún partido tiene mayoría y en el que la búsqueda de consensos será la clave para llevar adelante cualquier inciativa.

La alineación a favor o en contra del gobierno, concretamente de los Kirchner, fue un catalizador que generó reacciones muy diversas. Por un lado Martín Sabbatella, por el otro Pino Solanas; los socialistas haciendo rancho aparte; los dirigentes de Solidaridad e Igualdad también divididos, por un lado la Solidaridad y por el otro la Igualdad. Las diputadas de Libres del Sur, que hace dos años eran kirchneristas y hace cinco meses estaban con Sabbatella en el Nuevo Encuentro, ahora se apartan para mostrar su independencia opositora.

No hay ni qué agregar, queda poca confianza en este espacio, todos se están mirando de reojo, orejeando los naipes y especulando cuál será el próximo paso de los demás, como si estos fueran los verdaderos adversarios a los que hay que oponerse. Mientras tanto la derecha se reorganiza rápidamente y se frota las manos para recuperar el tiempo y el terreno perdidos.

No es objeto de este escrito juzgar quién a mi juicio actuó bien o mal. Se trata de la confianza, se trata de construir y no destruir, se trata de pensar a largo plazo y no especulando con las próximas elecciones, se trata de trabajar con coherencia y no relojeando qué mide y qué no, o de ver qué artilugio marketinero nos puede levantar, o pergeñar qué acuerdo trasnochado nos puede dejar más cerca del fogoncito del poder.

Si no contenemos nuestra propia compulsión a la desconfianza y al chisme ácido, ya podemos proponer el nombre para rebautizar a este espacio político como el Nuevo Desencuentro. Ya está, no lo contuve, qué lo parió...

viernes, 25 de septiembre de 2009

Otro Nunca Más

En las últimas semanas la sociedad parece dividida por el debate de la ley de Servicios Audiovisuales que se trata en el parlamento. Pero, ¿existe tal el debate o se trata más bien de una lucha entre unas pocas empresas muy poderosas y un Estado que pretende controlarlas y limitarlas?

Voy a que se intenta disfrazar como un intercambio de opiniones y observaciones profundas acerca de cómo debería ser este proyecto de ley, lo que en verdad es la defensa a cualquier costo de un negocio y de un espacio de poder que influyó de manera decisiva en la política argentina del último siglo.

Aclaremos desde ya que es un proyecto de ley que puede ser mejorable, pero no por eso se puede ocultar la importancia, primero, de dejar de lado una ley de la dictadura; y segundo: regular con criterios del siglo XXI una actividad que es vital para la circulación de la información, un capital casi tan importante como la educación o la salud.

En Argentina estamos acostumbrados a tener pocas voces y muchas veces se habla de debate cuando dos no se ponen de acuerdo. A partir de la sanción de esta ley probablemente se inicie un proceso de transformación y democratización de los medios de comunicación argentinos, con la incorporación de voces y emisores diferentes, con la federalización de contenidos, con un estímulo a la producción local en las distintas regiones del país.

Más allá de esto cambios estimulantes, es importante reparar en una novedad que nos deja el tratamiento parlamentario del proyecto: le guste y le disguste a quien sea, esta ley es un producto legítimo y ejemplar de para qué sirve la democracia. Una parte de la oposición habla de "imposición", de "apuro" en la consideración del proyecto; cuestionan que en el pasado este gobierno fue aliado de los multimedios como Clarín y recuerdan que el propio Kirchner prorrogó las licencias de los actuales canales y autorizó la fusión entre Cablevisión y Multicanal.

Esa parte de la oposición, que no casualmente corresponde a la que en otros temas también se muestra más conservadora, sólo habla de tiempos: reclama más meses para debatir, pide aguardar la nueva conformación del parlamento después del 10 de diciembre, se quejan de por qué antes no y ahora sí. En pocos casos hablan del corazón de la ley, y cuando se descubren los proyectos que defienden en algunos casos no son tan diferentes del que se está por aprobar.

Para ir a un ejemplo, la Autoridad de Aplicación que tanto se cuestiona porque dependerá del Poder Ejecutivo podría ser un ente totalmente autónomo controlado por profesionales de carrera elegidos por concurso y pienso que eso sería interesante. Pero no veo como un impedimento esencial el hecho de que el Poder Ejecutivo tenga una mayoría.

Estamos de acuerdo que la idea es opinable y a mi criterio lo que está en el proyecto no es ideal, pero ¿cómo se llega a un ideal? ¿Cómo se define "qué" es ideal? En una democracia no hay otra que las mayorías y los consensos, y acá es donde creo que la sanción de esta ley puede ser un hito fundacional de la democracia.

Hubo otra parte de la oposición, no la que se retiró del recinto en diputados para sobreactuar frente a las cámaras del multimedios al que se estaba regulando, sino la que ya tenía posiciones anteriores respecto de este proyecto, la que no necesitó pedir más meses de análisis porque venía participando de foros y audiencias públicas y porque había suscrito el documento de los 21 puntos que fue la base de este proyecto. Y fue este mismo sector de la oposición, en el que se reúnen distintos partidos de la centroizquierda, el que con su aporte democrático y coherente, contribuyó a mejorar el proyecto original e introducirle nada menos que 160 reformas, entre ellas la exclusión de las empresas telefónicas de este negocio.

Son partidos pequeños pero que mantienen algo vital de lo que pocos espacios políticos pueden vanagloriarse en estos días: coherencia. Al otro día de la media sanción en Diputados, los multimedios empezaron a hacer correr la versión infame de que había habido sobornos para comprar los votos de este espacio y para que los socialistas "se dieran vuelta a último momento", como se intentó relatarlo. Acá nadie se dio vuelta, al contrario, son espacios políticos que pueden mirar de frente a sus militantes y electores porque no tienen cuentas pendientes y porque son los representantes de algo tan simple como el sentido común. Si están a favor de algo, lo apoyan y si están en contra, se oponen, no importa quién lo proponga.

En la Argentina se está a favor o en contra de personas, los liderazgos individuales superan cualquier idea y justifican cualquier acción. Como un ejemplo reciente, valga la delirante idea de las candidaturas testimoniales, poniendo al frente de las listas a los nombres que eran, supuestamente, más votables. Esa Argentina debe quedar en el pasado.

Nadie puede saber qué quedará en la historia de estos días, pero mi sensación es que acá estamos viviendo momentos importantes equiparables, por ejemplo a lo que significó el Juicio a las Juntas militares en los años 85-87. En aquella época quedó definitivamente claro que lo que habían hecho Videla y compañía estaba mal, estaba muy mal. Hubo críticas, hubo puntos finales y hasta retrocesos con los indultos, pero socialmente no quedó ninguna duda de que eso que habíamos vivido, no lo viviríamos Nunca Más.

Hay un tema que nunca se aclaró en la Argentina y que está detrás de estos debates: aquellos militares condenados no actuaban solos, como una banda de mesiánicos sedientos de poder y riquezas: eran la fuerza de choque de una elite que colaboró y aprobó todo lo que sucedió en la dictadura. Hoy los multimedios que dicen que van a "desaparecer" (justo esa palabra) o que se alarman porque se les va a coartar su libertad de expresión, son los mismos que publicaban muchas noticias durante la dictadura y ninguna sobre las violaciones a los derechos humanos. Acá no se está coartando la libertad de expresión, se está permitiendo el surgimiento de más expresiones.

Ahora el debate recrudece y se mezcla todo como si la sequía del campo, la cantidad de pobres e indigentes, los números del INDEC, el aumento del patrimonio de los Kirchner y el tratamiento de la ley de medios fuera todo lo mismo. No es lo mismo. Y acá, como en los 80 con los juicios, también es hora de que a ciertos multimedios dictadores de los que tenemos que decir o hacer se les diga también Nunca Más.

jueves, 16 de julio de 2009

Un futuro igual al pasado


Hay imágenes que valen más que mil palabras. Hay imágenes que nos ahorran tener que escribir y leer pero que no nos pueden hacer dejar de pensar. Observemos con detenimiento a los personajes de la foto: el senador justicialista Carlos Alberto Reutemann, el presidente de la Sociedad Rural Hugo Biolcatti y el diputado electo por Unión-Pro Francisco De Narváez. Los dos políticos se dan la mano sonrientes, como ansiosos por mostrarse junto al otro; Biolcatti en cambio actúa como presentador, como garante de que todo esté en orden.
Desde mi punto de vista los tres representan gran parte de los aspectos más desagradables de nuestra dirigencia:
  • Reutemann es un dirigente clásico peronista, fue gobernador y hace rato que es senador, gana votos con la pinta y con su fama de corredor de Fórmula 1 pero también lo hace con las habituales prácticas clientelistas: en las últimas elecciones, en Santa Fe, cambió votos por garrafas.
  • De Narváez es un advenedizo dirigente, difícil de encasillar en una organización que vaya más allá de su persona: empezó como menemista, luego duhaldista, luego se fue con Mauricio Macri, se unió a Felipe Solá para enseguida mantenerlo oculto. Millonario más por herencia que por mérito propio, hace gala de su fortuna para comprar todo lo que haya en la góndola (tipo Casa Tía) de la política.
  • Por último Biolcatti es el presidente de una Sociedad Rural que apoyó todos los golpes de Estado del siglo XX y acaba de recordarnos durante la campaña -charlando por TV junto a su compinche de correrías Mariano Grondona- que las prácticas democrática no están entre sus preferidas.
De Narváez, se sabe, es un empresario próspero y cada vez que tiene que explicar cómo está compuesta su fortuna se enrieda más. Reutemann y Biolcatti además tienen campos y tienen mucha soja. Ambos se unieron en el reclamo del sector agrario contra el gobierno y hasta se pusieron al frente de la protesta. Lejos de importarles las formas del gobierno o la contabilidad de los pequeños chacareros que cortaban en 2008 las rutas del país, Biolcatti y Reutemann quieren seguir haciendo negocios. ¿Es malo hacer negocios? No, pero habría que velar también porque no se afecten los recursos naturales que no son sólo patrimonio de los dueños de la tierra: la soja que siembran Reutemann y Biolcatti es la que genera retenciones e ingresos para el Estado pero también es la que arrasa la fertilidad de la pampa a fuerza de glifosato.
De Narváez, al igual que Biolcatti, también desconfía de la democracia, esta semana declaró sobre el golpe de Estado en Honduras que "es una advertencia para todos los gobiernos de latinoamérica". Traduciendo al criollo, De Narváez cree que los golpistas hondureños, en el fondo, tienen razón.
Los tres son millonarios. Los tres son poderosos. Los tres son muy ambiciosos y quieren gobernar, quieren mandar y que las cosas se hagan como a ellos y a sus socios les gusta. Los tres sueñan con ponerse de acuerdo y gobernar el país.
En la foto hay un personaje que no está pero que no podemos dejar de ver: el fotógrafo. Y a través de él, el medio que la difunde. Desde Clarín y su gigantesco poder de generar noticias, ya está instalada desde antes de las pasadas elecciones la idea de estos personajes como los nuevos líderes de la Argentina.
Sinceramente, ¿alguien puede confiar en que ellos van a cambiar la Argentina? ¿Alguien piensa que ésta es la nueva política, la que hará que haya menos pobres, la que hará que menos gente muera por causas prevenibles, la que hará que más gente acceda a una educación, la que hará que más argentinos y argentinas recuperen sus esperanzas y sueñen con un futuro mejor?
Reutemann, De Narváez, la Sociedad Rural y Clarín, ¿qué puede unir a estas cuatro patas bajo una misma mesa si no es la conveniencia? ¿Y cómo podemos traducir "conveniencia" si no es hablando de ganancias mayores, negocios mejores, e impunidad para armar y desarmar a su antojo?
¿Cuándo llegará el día en que volvamos a tener gobernantes que no lleguen al poder con intenciones de enriquecerse? Supongo que el último fue Arturo Illia, aunque eso no basta para decir que fue un buen presidente. Esta semana acaba de difundirse la noticia del repentino aumento patrimonial del matrimonio presidencial en pleno ejercicio de sus cargos. Es un escándalo tan grande que excede mayores comentarios. Sólo es un triste ejemplo más del verdadero motivo que impulsa a estos dirigentes hacia la cima del poder.
La derecha está agazapada esperando su oportunidad para recaudar con su estilo salvaje. Luego de la fiesta menemista de los 90, luego del festival de fuga de capitales y pesificación de las deudas a comienzos del siglo, tuvieron que sentarse a esperar que se apagara el incendio que ellos mismos habían encendido. Y ahora opinan que les toca de nuevo a ellos.

miércoles, 1 de julio de 2009

Elecciones

En primer lugar es importante destacar la limpieza y la transparencia de las elecciones. Luego de una de las votaciones más irregulares desde que se recuperó la democracia –aquélla en la que se eligió a CFK como Presidenta– los reclamos y las advertencias de la oposición hicieron que esta vez las trampas fueran más complicadas de implementar. Mucha gente llevó boletas, algunos pícaros intentaron cambiar o destruir las que había en los cuartos oscuros, pero el permanente control de los fiscales de los distintos partidos hizo que se solucionara rápidamente cualquier situación.

En general en las escuelas hubo orden, se terminó a horario sin demasiadas quejas. Queda sí lamentar el desinterés de la gente por ir a sufragar, con el porcentaje de votantes más bajo desde que volvió la democracia, porcentaje seguramente agravado por la epidemia de gripe que hizo que muchos prefirieran quedarse en sus casas.
La gripe, por cierto, fue una de las protagonistas de la jornada, con rostros tapados con barbijos, manos con guantes de látex y alcohol en gel a disposición en cada mesa. Los que tuvimos que fiscalizar en Buenos Aires – en mi caso San Isidro– pasamos una larga y fría jornada, que empezó antes del amanecer y terminó también de noche, para colmo con lluvia. La decisión de adelantar las elecciones chocó también en este punto con el sentido común que indica que no se puede movilizar a todo un país el día del año que más frío hace. Pero el sentido común es un sentido muy poco común, últimamente.

Hemos elegido, nos hemos expresado como sociedad y en este punto también cada uno saca sus conclusiones. ¿Cómo leer una urna llena de sobres? Al día siguiente de la derrota –y horas después de que su marido renunciara a la Presidencia del PJ– Cristina Kirchner encontró la manera aparentemente científica y estadística de demostrar que el gobierno había ganado las elecciones.

Desde mi punto de vista la sociedad se expresó contra una manera de hacer política basada en el uso de la fuerza, la amenaza y la imposición de hechos consumados. Desde lo que yo pude interpretar, los votos piden debate y no órdenes, reclaman intercambio de ideas y consenso, exigen que los políticos gobernantes y opositores se sienten a trabajar en pos de un país más justo, más solidario, más previsible y más normal.

Pero se sabe que a estos políticos no les interesa mucho dialogar con la sociedad, mucho menos oír lo que la sociedad tiene que decirles a ellos. Y al día siguiente del comicio, algunos de los que ganaron empezaron a candidatearse para la Presidencia 2011; y los que perdieron se preocuparon más por no desaparecer del mapa político y aferrarse a sus privilegios que por entender un mensaje y ver qué pueden cambiar.

Da la sensación de que la mayoría de los políticos está más preocupado por mandar que por ver con quién se juntan para hacerlo; parece que están más interesados en gobernar que en resolver los problemas; y que están más decididos a dar rienda suelta a sus ambiciones que a ofrecerse generosamente a construir un proyecto.

La experiencia de la que formo parte –el partido Nuevo Encuentro– sigue siendo una alternativa, por suerte no la única a la vista. Además de la elección como diputados de Martín Sabbatella y Graciela Iturraspe, fue una gran noticia la elección de Pino Solanas en la Capital Federal. Un dato: entre Proyecto Sur y Nuevo Encuentro se juntó casi un millón de votos sólo en la ciudad y la provincia de Buenos Aires.

En ambas fuerzas y en otros partidos también hay gente muy valiosa, políticos que trabajan seriamente y no ponen delante de cualquier debate sus ambiciones personales ni su voluntad de llegar al poder. Martín Sabbatella, Pino Solanas, los dirigentes de la CTA, Hermes Binner y otros socialistas, Luis Juez, economistas como Claudio Lozano y José Sbattella, educadores como Alicia Argumedo, defensores de los derechos humanos como Adolfo Pérez Esquivel, luchadores sociales como Jorge Ceballos. Seguramente la lista puede duplicarse sin temor a disminuir la calidad ni el prestigio de la misma. Gente seria, gente coherente que no anda cambiando de discurso según le convenga, gente que se puede poner de acuerdo en un montón de temas. Claramente, a mi juicio, es toda gente que debería estar más junta, que separada.

No sé si esto es posible, muchos de ellos ya trabajan juntos o lo han hecho en el pasado, aunque la lista grande de dirigentes progresistas que hoy podrían constituir un partido fuerte y transformarse en una verdadera alternativa es una incógnita. Estamos hablando de transformar la realidad y para eso no alcanza con declaraciones altisonantes ni con ambigüedades.

Es hora de que muchos y muchas empecemos a elegir desde hoy –no esperar al 2011, por favor, cuando sea demasiado tarde– qué país queremos y qué dirigentes queremos que nos representen. Y es hora también de que nuestros dirigentes elijan qué proyecto van a construir, si el de una fuerza progresista y verdaderamente democrática que renueve la política y ofrezca esa nueva alternativa o el de conformarse con la denuncia y la oposición a lo que seguramente seguirán haciendo los que todavía nos gobiernan.

La derecha ya está agazapada frotándose las manos, con nostalgia de la fiesta que vivió en los años ’90. ¿Qué vamos a hacer nosotros?

miércoles, 17 de junio de 2009

El conflicto

Antes de convertirme en un político nuevo, y durante esta experiencia también, porque de algo hay que vivir, fui y soy guionista, uno de los tantos oficios que intentan nutrir de contenido a nuestra TV. Por imposible que resulte mi misión (la de darle contenido a la tele) de vez en cuando me las arreglo para quedar conforme con algunos de los productos que salen de las teclas de esta computadora.

Una de las primeras cosas que se aprende cuando se es guionista es a usar el conflicto como motor del relato. Ya sea una ficción o un documental, pero también se lo puede detectar en cualquier reality show, programas de juegos, noticieros y hasta en los programas de chimentos, el conflicto busca atrapar al espectador y revelarle lo más tarde posible cómo se desata ese nudo.

¿Qué tiene el conflicto que no tenga la felicidad? ¿Qué lo hace tan interesante? Que es en esa condición en la que se ve la verdad más incuestionable. Que es en conflicto cuando menos mentimos, porque es en conflicto cuando nuestras acciones se vuelven elocuentes; y por más que digamos que amamos a la protagonista del film, si no estamos dispuestos a dar la vida por ella, en verdad mostraremos indiferencia.

En el conflicto las acciones tienen mucho más peso que las palabras. Y cuando un gobernante dice que ayuda a los pobres pero en las acciones beneficia mucho más a los ricos que aumentan sus fortunas mientras aquéllos incrementan sus miserias, ese gobernante tiene un conflicto claro: no puede ayudar por igual a pobres y ricos, y tiene que elegir. Lamentablemente ya sabemos cómo eligieron todos los que han tenido la oportunidad de hacerlo.

Al igual que en la ficción del cine y al igual que en las ficciones que se construyen en los noticieros y reality shows, en la vida real el conflicto es el motor principal de nuestras acciones, al menos de las más relevantes. Si nos sobra dinero, elegir un regalo en una vidriera o decidir hacerlo más tarde después de almorzar, es una decisión totalmente intrascendente, que seguramente no estaría en ningún relato serio. Pero si sólo nos quedan $20 y de verdad son nuestros últimos $20, resolver qué haremos con ellos es una decisión complicada y a la vez interesante de conocer.

En los asados y cumpleaños todos podemos ser buenas personas, contar chistes y participar alegremente de la vida de un grupo de amigos o conocidos. Ahora, si resulta que el anfitrión nos debe un dinero que nos pidió prestado y que se excusa en no poder pagarlo, y contradictoriamente comprobamos la gran vida que se da y cómo despilfarra lo que tiene, nuestra incomodidad en esa reunión será manifiesta. ¿Qué haremos, lo enfrentaremos, lo haremos ahí mismo frente a todos, lo dejaremos pasar? El conflicto nos envuelve y nos define, no deja lugar a dudas, más allá de lo que podamos decir, las que quedan son nuestras acciones.

Toda esta gran parábola alrededor del conflicto viene a cuento en un país que vive políticamente en conflicto. Y los personajes de esta historia, cada uno de los habitantes de la Argentina, tienen en pocos días una vez más la oportunidad de hacer algo y revelar su verdadera personalidad.

Con un antecedente cercano en la votación de 1995 en la que nadie reconocía haber votado a Menem y éste había ganado con el 50% de los votos, los porotos que se cuenten el 28 de junio a la noche hablarán de lo que somos y de lo que hacemos.

Ni ésta ni ninguna elección son en definitiva intrascendentes, ya que la construcción que se hace con la suma de ellas determinan quiénes nos gobiernan. Si permanentemente renegamos de los políticos de turno, si estamos de acuerdo en que son necesarios muchos cambios, tengamos claro que lo que hagamos en el cuarto oscuro tendrá una incidencia directa, tal vez no en el corto plazo, pero sí a la larga.

Estamos en conflicto, veamos qué hacemos como sociedad y después la seguimos.