Muchos de ustedes sabrán de mi participación política en el Nuevo Encuentro, el espacio que lidera Martín Sabbatella; otros tal vez se estén enterando en este acto. Algunos recordarán que esto es algo relativamente nuevo para mí y que comenzó un buen día hace casi un año en que me cansé de escucharme a mí mismo quejarme de todo.
Me quejaba de los que nos gobernaban y de los que se oponían; me quejaba de la injusticia, de la falta de igualdad de oportunidades; me quejaba de los gobernantes que robaban, de los jueces que no investigaban y de la policía que organizaba el crimen. Me quejaba, opinaba, hablaba, en fin: me expresaba… pero no hacía nada al respecto.
Todo cambió el día que (luego de un análisis pormenorizado de las opciones de que disponía) me afilié al Encuentro por la Democracia y la Equidad y me puse a hacer, además de hablar. O por lo menos a tratar de hacer. El cambio de foco fue fundamental, porque por un lado me alivió esa angustia de la que uno se envuelve cuando tiende a ver todo negativo; y por el otro lado me di cuenta que de afuera es muy fácil criticar y encontrarle el pelo al huevo, pero de adentro uno advierte un montón de grises que hablan de una situación compleja que no se arregla con puro voluntarismo.
Nuestra sociedad hoy está más politizada que hace una década, el efecto 2001 dejó algunas huellas y hoy creo que, respecto de la época menemista, es más la gente que se interesa por nuestros problemas, que se informa, que opina, que se involucra. Pero todavía nos falta comprometernos.
¿Saben cuál es la diferencia entre involucrarse y comprometerse? En un omelette de jamón hay dos animales: la gallina, que se involucró con uno o dos huevos, y el chancho, que se comprometió un poco más y puso una pierna. En algunas cuestiones pienso que, como sociedad, estamos dispuestos, a lo sumo, a involucrarnos, a hacer una catarsis en una charla de café o protestando a los gritos cuando nos atienden mal en una oficina de algún servicio público privatizado de esos que tan mal nos atienden a todos.
Somos parte de una sociedad cobarde, que toca bocina en los peajes de la autopista pero paga al llegar a la cabina. Nos rasgamos las vestiduras si nos roban cien pesos o si matan a un vecino (en especial cuando llega el móvil de TN); pero callamos si a diez cuadras de casa una chica de 13 años tiene dos hijos desnutridos o si el mismo vecino, en vez de morir, mata a un chorro.
Hablemos del compromiso, que es lo que hace falta. Pero ¿quién se atreve a comprometerse? Siempre hay un buen motivo para NO hacer las cosas. Cuando uno quiere encontrar una vía de escape nuestra creatividad arrecia con ejemplos y opciones inmejorables que nos disculpan ante el resto. Pero ¿quién nos disculpa ante nuestra propia conciencia?
Está claro que la vida del siglo XXI tiene un ritmo que hace casi imposible sumar cualquier actividad a nuestro desborde cotidiano y todos tenemos “compromisos” con cuestiones que a veces no deseamos, como por ejemplo trabajar horas extras (incluso de esas que no se pagan doble) sólo porque a un jefe déspota se le ocurre. El tiempo nos falta a todos, como el dinero, es sólo para los privilegiados.
Pero cuidado que la falta de tiempo es la principal trampa que nos pone este sistema del que nos quejamos. ¿Estamos tan atrapados que ya no nos queda más remedio que rendirnos? ¿Qué excusa nos pondremos a nosotros mismos cuando debamos aceptar que no pudimos o no supimos encontrar la forma de hacer algo que de verdad nos importe?
Como este que propongo es un diálogo de cada uno con su propia conciencia, pienso que no hay una sino una multiplicidad de respuestas. Pero de algo estoy seguro: así como tenemos derechos como ciudadanos (como por ejemplo el derecho a trabajar horas extras para un jefe déspota que no nos lo reconoce), pienso que no podemos olvidar nuestras responsabilidades.
Y no hablo de armarse en defensa de la patria, que es un deber constitucional del que yo probablemente saldría rajando. Hablo de tomar partido, hablo de acercarse a nuestros problemas, hablo de mirar a la gente a los ojos, hablo de comprometernos de verdad y HACER algo, más allá de quejarnos.
En lo personal, afiliarme a un partido con el que me sentí identificado, tanto en sus principios como en cuanto a la gente con la que me encontré, me ayudó a encontrar algunas respuestas. Pero por supuesto eso fue sólo el comienzo de mi nuevo camino.
Para este 2010, que es un año, pero también una década y un centenario que se renuevan, les deseo a todos mucho compromiso y mucha acción, que si se dan juntos, no tengan dudas, traerán además mucha felicidad.
lunes, 28 de diciembre de 2009
jueves, 3 de diciembre de 2009
Desconfíe del prójimo
Se dice que "la curiosidad mata al gato". Respecto de las personas, a menudo se escucha hablar del poder asesino de la humedad (en especial en Buenos Aires) y hay un dicho que postula que "la confianza mata al hombre", aunque no establece qué sería lo que les pasa a las mujeres que se confían. Pues bien, yo quiero expresar que, para mí, lo que nos está matando es la desconfianza.
Es sabido que una característica de nuestra sociedad argentina, más aún en la de los que vivimos en la metrópolis, nos lleva a creernos los mejores. Nuestra soberbia recorre el planeta y en todos lados se cuentan chistes de argentinos, siempre con este perfil. En cualquier grupo es muy común la crítica fácil y el chusmerío es un juego que nos divierte y que practicamos casi con pasión.
Aprendimos a identificarnos por la negativa, señalando lo que no somos, desmarcándonos de los diferentes, haciendo a un lado a los débiles, cerrando los ojos ante los que padecen, desviando la vista cuando en un semáforo un pibe de 7 años nos pide una moneda. Nos rasgamos las vestiduras si nos roban cien pesos o si matan a un vecino, pero callamos si a diez cuadras una chica de 13 años tiene dos hijos desnutridos o si el mismo vecino, en vez de morir, mata a un chorro.
Este rasgo, mitad soberbia y mitad hipocresía, mitad desprecio y mitad chantada, mitad ignorancia y mitad ineficiencia, mitad ceguera y mitad autodestrucción, nos atraviesa en todas nuestras expresiones y acentúa casi siempre una mirada negativa, pesimista, escéptica y derrotista, una mirada torcida y desconfiada.
Recuerdo una vieja canción de Leo Maslíah, "Cerrajería", originada en el primer oficio de este artista uruguayo. La letra decía algo así como:
Desconfíe del prójimo,
coloque en la puerta de su casa
una buena cerradura de seguridad.
No se pase de bueno, no.
Convénzace de que la gente nunca tiene
tanta honestidad como la tiene usted.
Dése cuenta, qué bárbaro
poder estar en su casa tan tranquilo
con la plena convicción casi religiosa
de que nadie podrá penetrar en su domicilio
sin que usted lo haya invitado.
Desconfíe del prójimo.
Coloque en la puerta de su casa
unas cuantas cerraduras de seguridad.
La canción, escrita a principios de los años 80, presagiaba ácidamente el fenómeno de la "inseguridad" que enloquece a la gente, aunque en la Argentina siga siendo mucho más probable morir de hambre, de enfermedades prevenibles o víctima de una imprudencia vehicular que asesinado por un pibe chorro.
Y así parece que somos, desconfiados. Otro dicho dice que el que se quemó con leche ve una vaca y llora. Será que estamos quemados, el asunto es que nos la pasamos llorando.
¿Y qué hacemos con la desconfianza, hacemos algo para corregirla, para transformarla? En general no confiamos mucho en que se pueda hacer algo al respecto.
¿Cómo se traslada esta característica a la política? Por empezar, de manera negativa, si pensamos que el hecho de delegar poderes a través del voto es un acto de confianza. Y de ahí seguramente que nuestra economía siempre esté caminando por la cornisa, cuando sin confianza no hay crédito, no hay esperanza, ni futuro.
Hace años que el poder se construye más por la fuerza que por medio de la confianza. Nos hemos acostumbrado a que acá se gobierna más por la acumulación de fuerzas que buscan un refugio (o un arreglo) que por la reunión de actores que ofrecen su aporte y se suman debido a sus propias coincidencias.
La reciente llegada al Congreso de los nuevos legisladores electos el 28 de junio generó varias escenas de desconfianza que terminaron por romper y dividir a distintos sectores de centroizquierda. El saldo aún es prematuro, pero está claro que hay algunas heridas que tardarán en cicatrizar.
Depende de qué partidos y qué legisladores se considere, las cuentas pueden variar, pero hay más de 20 diputados en la Cámara que con gusto se autoincluirían dentro de esta definición. Sin ir más lejos, fueron 25 los diputados cuyos partidos coincidieron hace tres meses en forzar muchas modificaciones en el proyecto de Ley de Medios que hicieron la versión finalmente promulgada tuviera mucha más legitimidad y consenso.
Sin embargo ahora, a la hora ver cómo se repartían los cargos y la integración de las comisiones con la nueva composición de las cámaras, estos mismos legisladores no pudieron sumarse. Se restaron. Para peor en un contexto en el que ningún partido tiene mayoría y en el que la búsqueda de consensos será la clave para llevar adelante cualquier inciativa.
La alineación a favor o en contra del gobierno, concretamente de los Kirchner, fue un catalizador que generó reacciones muy diversas. Por un lado Martín Sabbatella, por el otro Pino Solanas; los socialistas haciendo rancho aparte; los dirigentes de Solidaridad e Igualdad también divididos, por un lado la Solidaridad y por el otro la Igualdad. Las diputadas de Libres del Sur, que hace dos años eran kirchneristas y hace cinco meses estaban con Sabbatella en el Nuevo Encuentro, ahora se apartan para mostrar su independencia opositora.
No hay ni qué agregar, queda poca confianza en este espacio, todos se están mirando de reojo, orejeando los naipes y especulando cuál será el próximo paso de los demás, como si estos fueran los verdaderos adversarios a los que hay que oponerse. Mientras tanto la derecha se reorganiza rápidamente y se frota las manos para recuperar el tiempo y el terreno perdidos.
No es objeto de este escrito juzgar quién a mi juicio actuó bien o mal. Se trata de la confianza, se trata de construir y no destruir, se trata de pensar a largo plazo y no especulando con las próximas elecciones, se trata de trabajar con coherencia y no relojeando qué mide y qué no, o de ver qué artilugio marketinero nos puede levantar, o pergeñar qué acuerdo trasnochado nos puede dejar más cerca del fogoncito del poder.
Si no contenemos nuestra propia compulsión a la desconfianza y al chisme ácido, ya podemos proponer el nombre para rebautizar a este espacio político como el Nuevo Desencuentro. Ya está, no lo contuve, qué lo parió...
Es sabido que una característica de nuestra sociedad argentina, más aún en la de los que vivimos en la metrópolis, nos lleva a creernos los mejores. Nuestra soberbia recorre el planeta y en todos lados se cuentan chistes de argentinos, siempre con este perfil. En cualquier grupo es muy común la crítica fácil y el chusmerío es un juego que nos divierte y que practicamos casi con pasión.
Aprendimos a identificarnos por la negativa, señalando lo que no somos, desmarcándonos de los diferentes, haciendo a un lado a los débiles, cerrando los ojos ante los que padecen, desviando la vista cuando en un semáforo un pibe de 7 años nos pide una moneda. Nos rasgamos las vestiduras si nos roban cien pesos o si matan a un vecino, pero callamos si a diez cuadras una chica de 13 años tiene dos hijos desnutridos o si el mismo vecino, en vez de morir, mata a un chorro.
Este rasgo, mitad soberbia y mitad hipocresía, mitad desprecio y mitad chantada, mitad ignorancia y mitad ineficiencia, mitad ceguera y mitad autodestrucción, nos atraviesa en todas nuestras expresiones y acentúa casi siempre una mirada negativa, pesimista, escéptica y derrotista, una mirada torcida y desconfiada.
Recuerdo una vieja canción de Leo Maslíah, "Cerrajería", originada en el primer oficio de este artista uruguayo. La letra decía algo así como:
Desconfíe del prójimo,
coloque en la puerta de su casa
una buena cerradura de seguridad.
No se pase de bueno, no.
Convénzace de que la gente nunca tiene
tanta honestidad como la tiene usted.
Dése cuenta, qué bárbaro
poder estar en su casa tan tranquilo
con la plena convicción casi religiosa
de que nadie podrá penetrar en su domicilio
sin que usted lo haya invitado.
Desconfíe del prójimo.
Coloque en la puerta de su casa
unas cuantas cerraduras de seguridad.
La canción, escrita a principios de los años 80, presagiaba ácidamente el fenómeno de la "inseguridad" que enloquece a la gente, aunque en la Argentina siga siendo mucho más probable morir de hambre, de enfermedades prevenibles o víctima de una imprudencia vehicular que asesinado por un pibe chorro.
Y así parece que somos, desconfiados. Otro dicho dice que el que se quemó con leche ve una vaca y llora. Será que estamos quemados, el asunto es que nos la pasamos llorando.
¿Y qué hacemos con la desconfianza, hacemos algo para corregirla, para transformarla? En general no confiamos mucho en que se pueda hacer algo al respecto.
¿Cómo se traslada esta característica a la política? Por empezar, de manera negativa, si pensamos que el hecho de delegar poderes a través del voto es un acto de confianza. Y de ahí seguramente que nuestra economía siempre esté caminando por la cornisa, cuando sin confianza no hay crédito, no hay esperanza, ni futuro.
Hace años que el poder se construye más por la fuerza que por medio de la confianza. Nos hemos acostumbrado a que acá se gobierna más por la acumulación de fuerzas que buscan un refugio (o un arreglo) que por la reunión de actores que ofrecen su aporte y se suman debido a sus propias coincidencias.
La reciente llegada al Congreso de los nuevos legisladores electos el 28 de junio generó varias escenas de desconfianza que terminaron por romper y dividir a distintos sectores de centroizquierda. El saldo aún es prematuro, pero está claro que hay algunas heridas que tardarán en cicatrizar.
Depende de qué partidos y qué legisladores se considere, las cuentas pueden variar, pero hay más de 20 diputados en la Cámara que con gusto se autoincluirían dentro de esta definición. Sin ir más lejos, fueron 25 los diputados cuyos partidos coincidieron hace tres meses en forzar muchas modificaciones en el proyecto de Ley de Medios que hicieron la versión finalmente promulgada tuviera mucha más legitimidad y consenso.
Sin embargo ahora, a la hora ver cómo se repartían los cargos y la integración de las comisiones con la nueva composición de las cámaras, estos mismos legisladores no pudieron sumarse. Se restaron. Para peor en un contexto en el que ningún partido tiene mayoría y en el que la búsqueda de consensos será la clave para llevar adelante cualquier inciativa.
La alineación a favor o en contra del gobierno, concretamente de los Kirchner, fue un catalizador que generó reacciones muy diversas. Por un lado Martín Sabbatella, por el otro Pino Solanas; los socialistas haciendo rancho aparte; los dirigentes de Solidaridad e Igualdad también divididos, por un lado la Solidaridad y por el otro la Igualdad. Las diputadas de Libres del Sur, que hace dos años eran kirchneristas y hace cinco meses estaban con Sabbatella en el Nuevo Encuentro, ahora se apartan para mostrar su independencia opositora.
No hay ni qué agregar, queda poca confianza en este espacio, todos se están mirando de reojo, orejeando los naipes y especulando cuál será el próximo paso de los demás, como si estos fueran los verdaderos adversarios a los que hay que oponerse. Mientras tanto la derecha se reorganiza rápidamente y se frota las manos para recuperar el tiempo y el terreno perdidos.
No es objeto de este escrito juzgar quién a mi juicio actuó bien o mal. Se trata de la confianza, se trata de construir y no destruir, se trata de pensar a largo plazo y no especulando con las próximas elecciones, se trata de trabajar con coherencia y no relojeando qué mide y qué no, o de ver qué artilugio marketinero nos puede levantar, o pergeñar qué acuerdo trasnochado nos puede dejar más cerca del fogoncito del poder.
Si no contenemos nuestra propia compulsión a la desconfianza y al chisme ácido, ya podemos proponer el nombre para rebautizar a este espacio político como el Nuevo Desencuentro. Ya está, no lo contuve, qué lo parió...
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viernes, 25 de septiembre de 2009
Otro Nunca Más
En las últimas semanas la sociedad parece dividida por el debate de la ley de Servicios Audiovisuales que se trata en el parlamento. Pero, ¿existe tal el debate o se trata más bien de una lucha entre unas pocas empresas muy poderosas y un Estado que pretende controlarlas y limitarlas?
Voy a que se intenta disfrazar como un intercambio de opiniones y observaciones profundas acerca de cómo debería ser este proyecto de ley, lo que en verdad es la defensa a cualquier costo de un negocio y de un espacio de poder que influyó de manera decisiva en la política argentina del último siglo.
Aclaremos desde ya que es un proyecto de ley que puede ser mejorable, pero no por eso se puede ocultar la importancia, primero, de dejar de lado una ley de la dictadura; y segundo: regular con criterios del siglo XXI una actividad que es vital para la circulación de la información, un capital casi tan importante como la educación o la salud.
En Argentina estamos acostumbrados a tener pocas voces y muchas veces se habla de debate cuando dos no se ponen de acuerdo. A partir de la sanción de esta ley probablemente se inicie un proceso de transformación y democratización de los medios de comunicación argentinos, con la incorporación de voces y emisores diferentes, con la federalización de contenidos, con un estímulo a la producción local en las distintas regiones del país.
Más allá de esto cambios estimulantes, es importante reparar en una novedad que nos deja el tratamiento parlamentario del proyecto: le guste y le disguste a quien sea, esta ley es un producto legítimo y ejemplar de para qué sirve la democracia. Una parte de la oposición habla de "imposición", de "apuro" en la consideración del proyecto; cuestionan que en el pasado este gobierno fue aliado de los multimedios como Clarín y recuerdan que el propio Kirchner prorrogó las licencias de los actuales canales y autorizó la fusión entre Cablevisión y Multicanal.
Esa parte de la oposición, que no casualmente corresponde a la que en otros temas también se muestra más conservadora, sólo habla de tiempos: reclama más meses para debatir, pide aguardar la nueva conformación del parlamento después del 10 de diciembre, se quejan de por qué antes no y ahora sí. En pocos casos hablan del corazón de la ley, y cuando se descubren los proyectos que defienden en algunos casos no son tan diferentes del que se está por aprobar.
Para ir a un ejemplo, la Autoridad de Aplicación que tanto se cuestiona porque dependerá del Poder Ejecutivo podría ser un ente totalmente autónomo controlado por profesionales de carrera elegidos por concurso y pienso que eso sería interesante. Pero no veo como un impedimento esencial el hecho de que el Poder Ejecutivo tenga una mayoría.
Estamos de acuerdo que la idea es opinable y a mi criterio lo que está en el proyecto no es ideal, pero ¿cómo se llega a un ideal? ¿Cómo se define "qué" es ideal? En una democracia no hay otra que las mayorías y los consensos, y acá es donde creo que la sanción de esta ley puede ser un hito fundacional de la democracia.
Hubo otra parte de la oposición, no la que se retiró del recinto en diputados para sobreactuar frente a las cámaras del multimedios al que se estaba regulando, sino la que ya tenía posiciones anteriores respecto de este proyecto, la que no necesitó pedir más meses de análisis porque venía participando de foros y audiencias públicas y porque había suscrito el documento de los 21 puntos que fue la base de este proyecto. Y fue este mismo sector de la oposición, en el que se reúnen distintos partidos de la centroizquierda, el que con su aporte democrático y coherente, contribuyó a mejorar el proyecto original e introducirle nada menos que 160 reformas, entre ellas la exclusión de las empresas telefónicas de este negocio.
Son partidos pequeños pero que mantienen algo vital de lo que pocos espacios políticos pueden vanagloriarse en estos días: coherencia. Al otro día de la media sanción en Diputados, los multimedios empezaron a hacer correr la versión infame de que había habido sobornos para comprar los votos de este espacio y para que los socialistas "se dieran vuelta a último momento", como se intentó relatarlo. Acá nadie se dio vuelta, al contrario, son espacios políticos que pueden mirar de frente a sus militantes y electores porque no tienen cuentas pendientes y porque son los representantes de algo tan simple como el sentido común. Si están a favor de algo, lo apoyan y si están en contra, se oponen, no importa quién lo proponga.
En la Argentina se está a favor o en contra de personas, los liderazgos individuales superan cualquier idea y justifican cualquier acción. Como un ejemplo reciente, valga la delirante idea de las candidaturas testimoniales, poniendo al frente de las listas a los nombres que eran, supuestamente, más votables. Esa Argentina debe quedar en el pasado.
Nadie puede saber qué quedará en la historia de estos días, pero mi sensación es que acá estamos viviendo momentos importantes equiparables, por ejemplo a lo que significó el Juicio a las Juntas militares en los años 85-87. En aquella época quedó definitivamente claro que lo que habían hecho Videla y compañía estaba mal, estaba muy mal. Hubo críticas, hubo puntos finales y hasta retrocesos con los indultos, pero socialmente no quedó ninguna duda de que eso que habíamos vivido, no lo viviríamos Nunca Más.
Hay un tema que nunca se aclaró en la Argentina y que está detrás de estos debates: aquellos militares condenados no actuaban solos, como una banda de mesiánicos sedientos de poder y riquezas: eran la fuerza de choque de una elite que colaboró y aprobó todo lo que sucedió en la dictadura. Hoy los multimedios que dicen que van a "desaparecer" (justo esa palabra) o que se alarman porque se les va a coartar su libertad de expresión, son los mismos que publicaban muchas noticias durante la dictadura y ninguna sobre las violaciones a los derechos humanos. Acá no se está coartando la libertad de expresión, se está permitiendo el surgimiento de más expresiones.
Ahora el debate recrudece y se mezcla todo como si la sequía del campo, la cantidad de pobres e indigentes, los números del INDEC, el aumento del patrimonio de los Kirchner y el tratamiento de la ley de medios fuera todo lo mismo. No es lo mismo. Y acá, como en los 80 con los juicios, también es hora de que a ciertos multimedios dictadores de los que tenemos que decir o hacer se les diga también Nunca Más.
Voy a que se intenta disfrazar como un intercambio de opiniones y observaciones profundas acerca de cómo debería ser este proyecto de ley, lo que en verdad es la defensa a cualquier costo de un negocio y de un espacio de poder que influyó de manera decisiva en la política argentina del último siglo.
Aclaremos desde ya que es un proyecto de ley que puede ser mejorable, pero no por eso se puede ocultar la importancia, primero, de dejar de lado una ley de la dictadura; y segundo: regular con criterios del siglo XXI una actividad que es vital para la circulación de la información, un capital casi tan importante como la educación o la salud.
En Argentina estamos acostumbrados a tener pocas voces y muchas veces se habla de debate cuando dos no se ponen de acuerdo. A partir de la sanción de esta ley probablemente se inicie un proceso de transformación y democratización de los medios de comunicación argentinos, con la incorporación de voces y emisores diferentes, con la federalización de contenidos, con un estímulo a la producción local en las distintas regiones del país.
Más allá de esto cambios estimulantes, es importante reparar en una novedad que nos deja el tratamiento parlamentario del proyecto: le guste y le disguste a quien sea, esta ley es un producto legítimo y ejemplar de para qué sirve la democracia. Una parte de la oposición habla de "imposición", de "apuro" en la consideración del proyecto; cuestionan que en el pasado este gobierno fue aliado de los multimedios como Clarín y recuerdan que el propio Kirchner prorrogó las licencias de los actuales canales y autorizó la fusión entre Cablevisión y Multicanal.
Esa parte de la oposición, que no casualmente corresponde a la que en otros temas también se muestra más conservadora, sólo habla de tiempos: reclama más meses para debatir, pide aguardar la nueva conformación del parlamento después del 10 de diciembre, se quejan de por qué antes no y ahora sí. En pocos casos hablan del corazón de la ley, y cuando se descubren los proyectos que defienden en algunos casos no son tan diferentes del que se está por aprobar.
Para ir a un ejemplo, la Autoridad de Aplicación que tanto se cuestiona porque dependerá del Poder Ejecutivo podría ser un ente totalmente autónomo controlado por profesionales de carrera elegidos por concurso y pienso que eso sería interesante. Pero no veo como un impedimento esencial el hecho de que el Poder Ejecutivo tenga una mayoría.
Estamos de acuerdo que la idea es opinable y a mi criterio lo que está en el proyecto no es ideal, pero ¿cómo se llega a un ideal? ¿Cómo se define "qué" es ideal? En una democracia no hay otra que las mayorías y los consensos, y acá es donde creo que la sanción de esta ley puede ser un hito fundacional de la democracia.
Hubo otra parte de la oposición, no la que se retiró del recinto en diputados para sobreactuar frente a las cámaras del multimedios al que se estaba regulando, sino la que ya tenía posiciones anteriores respecto de este proyecto, la que no necesitó pedir más meses de análisis porque venía participando de foros y audiencias públicas y porque había suscrito el documento de los 21 puntos que fue la base de este proyecto. Y fue este mismo sector de la oposición, en el que se reúnen distintos partidos de la centroizquierda, el que con su aporte democrático y coherente, contribuyó a mejorar el proyecto original e introducirle nada menos que 160 reformas, entre ellas la exclusión de las empresas telefónicas de este negocio.
Son partidos pequeños pero que mantienen algo vital de lo que pocos espacios políticos pueden vanagloriarse en estos días: coherencia. Al otro día de la media sanción en Diputados, los multimedios empezaron a hacer correr la versión infame de que había habido sobornos para comprar los votos de este espacio y para que los socialistas "se dieran vuelta a último momento", como se intentó relatarlo. Acá nadie se dio vuelta, al contrario, son espacios políticos que pueden mirar de frente a sus militantes y electores porque no tienen cuentas pendientes y porque son los representantes de algo tan simple como el sentido común. Si están a favor de algo, lo apoyan y si están en contra, se oponen, no importa quién lo proponga.
En la Argentina se está a favor o en contra de personas, los liderazgos individuales superan cualquier idea y justifican cualquier acción. Como un ejemplo reciente, valga la delirante idea de las candidaturas testimoniales, poniendo al frente de las listas a los nombres que eran, supuestamente, más votables. Esa Argentina debe quedar en el pasado.
Nadie puede saber qué quedará en la historia de estos días, pero mi sensación es que acá estamos viviendo momentos importantes equiparables, por ejemplo a lo que significó el Juicio a las Juntas militares en los años 85-87. En aquella época quedó definitivamente claro que lo que habían hecho Videla y compañía estaba mal, estaba muy mal. Hubo críticas, hubo puntos finales y hasta retrocesos con los indultos, pero socialmente no quedó ninguna duda de que eso que habíamos vivido, no lo viviríamos Nunca Más.
Hay un tema que nunca se aclaró en la Argentina y que está detrás de estos debates: aquellos militares condenados no actuaban solos, como una banda de mesiánicos sedientos de poder y riquezas: eran la fuerza de choque de una elite que colaboró y aprobó todo lo que sucedió en la dictadura. Hoy los multimedios que dicen que van a "desaparecer" (justo esa palabra) o que se alarman porque se les va a coartar su libertad de expresión, son los mismos que publicaban muchas noticias durante la dictadura y ninguna sobre las violaciones a los derechos humanos. Acá no se está coartando la libertad de expresión, se está permitiendo el surgimiento de más expresiones.
Ahora el debate recrudece y se mezcla todo como si la sequía del campo, la cantidad de pobres e indigentes, los números del INDEC, el aumento del patrimonio de los Kirchner y el tratamiento de la ley de medios fuera todo lo mismo. No es lo mismo. Y acá, como en los 80 con los juicios, también es hora de que a ciertos multimedios dictadores de los que tenemos que decir o hacer se les diga también Nunca Más.
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jueves, 16 de julio de 2009
Un futuro igual al pasado

Hay imágenes que valen más que mil palabras. Hay imágenes que nos ahorran tener que escribir y leer pero que no nos pueden hacer dejar de pensar. Observemos con detenimiento a los personajes de la foto: el senador justicialista Carlos Alberto Reutemann, el presidente de la Sociedad Rural Hugo Biolcatti y el diputado electo por Unión-Pro Francisco De Narváez. Los dos políticos se dan la mano sonrientes, como ansiosos por mostrarse junto al otro; Biolcatti en cambio actúa como presentador, como garante de que todo esté en orden.
Desde mi punto de vista los tres representan gran parte de los aspectos más desagradables de nuestra dirigencia:
- Reutemann es un dirigente clásico peronista, fue gobernador y hace rato que es senador, gana votos con la pinta y con su fama de corredor de Fórmula 1 pero también lo hace con las habituales prácticas clientelistas: en las últimas elecciones, en Santa Fe, cambió votos por garrafas.
- De Narváez es un advenedizo dirigente, difícil de encasillar en una organización que vaya más allá de su persona: empezó como menemista, luego duhaldista, luego se fue con Mauricio Macri, se unió a Felipe Solá para enseguida mantenerlo oculto. Millonario más por herencia que por mérito propio, hace gala de su fortuna para comprar todo lo que haya en la góndola (tipo Casa Tía) de la política.
- Por último Biolcatti es el presidente de una Sociedad Rural que apoyó todos los golpes de Estado del siglo XX y acaba de recordarnos durante la campaña -charlando por TV junto a su compinche de correrías Mariano Grondona- que las prácticas democrática no están entre sus preferidas.
De Narváez, al igual que Biolcatti, también desconfía de la democracia, esta semana declaró sobre el golpe de Estado en Honduras que "es una advertencia para todos los gobiernos de latinoamérica". Traduciendo al criollo, De Narváez cree que los golpistas hondureños, en el fondo, tienen razón.
Los tres son millonarios. Los tres son poderosos. Los tres son muy ambiciosos y quieren gobernar, quieren mandar y que las cosas se hagan como a ellos y a sus socios les gusta. Los tres sueñan con ponerse de acuerdo y gobernar el país.
En la foto hay un personaje que no está pero que no podemos dejar de ver: el fotógrafo. Y a través de él, el medio que la difunde. Desde Clarín y su gigantesco poder de generar noticias, ya está instalada desde antes de las pasadas elecciones la idea de estos personajes como los nuevos líderes de la Argentina.
Sinceramente, ¿alguien puede confiar en que ellos van a cambiar la Argentina? ¿Alguien piensa que ésta es la nueva política, la que hará que haya menos pobres, la que hará que menos gente muera por causas prevenibles, la que hará que más gente acceda a una educación, la que hará que más argentinos y argentinas recuperen sus esperanzas y sueñen con un futuro mejor?
Reutemann, De Narváez, la Sociedad Rural y Clarín, ¿qué puede unir a estas cuatro patas bajo una misma mesa si no es la conveniencia? ¿Y cómo podemos traducir "conveniencia" si no es hablando de ganancias mayores, negocios mejores, e impunidad para armar y desarmar a su antojo?
¿Cuándo llegará el día en que volvamos a tener gobernantes que no lleguen al poder con intenciones de enriquecerse? Supongo que el último fue Arturo Illia, aunque eso no basta para decir que fue un buen presidente. Esta semana acaba de difundirse la noticia del repentino aumento patrimonial del matrimonio presidencial en pleno ejercicio de sus cargos. Es un escándalo tan grande que excede mayores comentarios. Sólo es un triste ejemplo más del verdadero motivo que impulsa a estos dirigentes hacia la cima del poder.
La derecha está agazapada esperando su oportunidad para recaudar con su estilo salvaje. Luego de la fiesta menemista de los 90, luego del festival de fuga de capitales y pesificación de las deudas a comienzos del siglo, tuvieron que sentarse a esperar que se apagara el incendio que ellos mismos habían encendido. Y ahora opinan que les toca de nuevo a ellos.
miércoles, 1 de julio de 2009
Elecciones
En primer lugar es importante destacar la limpieza y la transparencia de las elecciones. Luego de una de las votaciones más irregulares desde que se recuperó la democracia –aquélla en la que se eligió a CFK como Presidenta– los reclamos y las advertencias de la oposición hicieron que esta vez las trampas fueran más complicadas de implementar. Mucha gente llevó boletas, algunos pícaros intentaron cambiar o destruir las que había en los cuartos oscuros, pero el permanente control de los fiscales de los distintos partidos hizo que se solucionara rápidamente cualquier situación.
En general en las escuelas hubo orden, se terminó a horario sin demasiadas quejas. Queda sí lamentar el desinterés de la gente por ir a sufragar, con el porcentaje de votantes más bajo desde que volvió la democracia, porcentaje seguramente agravado por la epidemia de gripe que hizo que muchos prefirieran quedarse en sus casas.
La gripe, por cierto, fue una de las protagonistas de la jornada, con rostros tapados con barbijos, manos con guantes de látex y alcohol en gel a disposición en cada mesa. Los que tuvimos que fiscalizar en Buenos Aires – en mi caso San Isidro– pasamos una larga y fría jornada, que empezó antes del amanecer y terminó también de noche, para colmo con lluvia. La decisión de adelantar las elecciones chocó también en este punto con el sentido común que indica que no se puede movilizar a todo un país el día del año que más frío hace. Pero el sentido común es un sentido muy poco común, últimamente.
Hemos elegido, nos hemos expresado como sociedad y en este punto también cada uno saca sus conclusiones. ¿Cómo leer una urna llena de sobres? Al día siguiente de la derrota –y horas después de que su marido renunciara a la Presidencia del PJ– Cristina Kirchner encontró la manera aparentemente científica y estadística de demostrar que el gobierno había ganado las elecciones.
Desde mi punto de vista la sociedad se expresó contra una manera de hacer política basada en el uso de la fuerza, la amenaza y la imposición de hechos consumados. Desde lo que yo pude interpretar, los votos piden debate y no órdenes, reclaman intercambio de ideas y consenso, exigen que los políticos gobernantes y opositores se sienten a trabajar en pos de un país más justo, más solidario, más previsible y más normal.
Pero se sabe que a estos políticos no les interesa mucho dialogar con la sociedad, mucho menos oír lo que la sociedad tiene que decirles a ellos. Y al día siguiente del comicio, algunos de los que ganaron empezaron a candidatearse para la Presidencia 2011; y los que perdieron se preocuparon más por no desaparecer del mapa político y aferrarse a sus privilegios que por entender un mensaje y ver qué pueden cambiar.
Da la sensación de que la mayoría de los políticos está más preocupado por mandar que por ver con quién se juntan para hacerlo; parece que están más interesados en gobernar que en resolver los problemas; y que están más decididos a dar rienda suelta a sus ambiciones que a ofrecerse generosamente a construir un proyecto.
La experiencia de la que formo parte –el partido Nuevo Encuentro– sigue siendo una alternativa, por suerte no la única a la vista. Además de la elección como diputados de Martín Sabbatella y Graciela Iturraspe, fue una gran noticia la elección de Pino Solanas en la Capital Federal. Un dato: entre Proyecto Sur y Nuevo Encuentro se juntó casi un millón de votos sólo en la ciudad y la provincia de Buenos Aires.
En ambas fuerzas y en otros partidos también hay gente muy valiosa, políticos que trabajan seriamente y no ponen delante de cualquier debate sus ambiciones personales ni su voluntad de llegar al poder. Martín Sabbatella, Pino Solanas, los dirigentes de la CTA, Hermes Binner y otros socialistas, Luis Juez, economistas como Claudio Lozano y José Sbattella, educadores como Alicia Argumedo, defensores de los derechos humanos como Adolfo Pérez Esquivel, luchadores sociales como Jorge Ceballos. Seguramente la lista puede duplicarse sin temor a disminuir la calidad ni el prestigio de la misma. Gente seria, gente coherente que no anda cambiando de discurso según le convenga, gente que se puede poner de acuerdo en un montón de temas. Claramente, a mi juicio, es toda gente que debería estar más junta, que separada.
No sé si esto es posible, muchos de ellos ya trabajan juntos o lo han hecho en el pasado, aunque la lista grande de dirigentes progresistas que hoy podrían constituir un partido fuerte y transformarse en una verdadera alternativa es una incógnita. Estamos hablando de transformar la realidad y para eso no alcanza con declaraciones altisonantes ni con ambigüedades.
Es hora de que muchos y muchas empecemos a elegir desde hoy –no esperar al 2011, por favor, cuando sea demasiado tarde– qué país queremos y qué dirigentes queremos que nos representen. Y es hora también de que nuestros dirigentes elijan qué proyecto van a construir, si el de una fuerza progresista y verdaderamente democrática que renueve la política y ofrezca esa nueva alternativa o el de conformarse con la denuncia y la oposición a lo que seguramente seguirán haciendo los que todavía nos gobiernan.
La derecha ya está agazapada frotándose las manos, con nostalgia de la fiesta que vivió en los años ’90. ¿Qué vamos a hacer nosotros?
En general en las escuelas hubo orden, se terminó a horario sin demasiadas quejas. Queda sí lamentar el desinterés de la gente por ir a sufragar, con el porcentaje de votantes más bajo desde que volvió la democracia, porcentaje seguramente agravado por la epidemia de gripe que hizo que muchos prefirieran quedarse en sus casas.
La gripe, por cierto, fue una de las protagonistas de la jornada, con rostros tapados con barbijos, manos con guantes de látex y alcohol en gel a disposición en cada mesa. Los que tuvimos que fiscalizar en Buenos Aires – en mi caso San Isidro– pasamos una larga y fría jornada, que empezó antes del amanecer y terminó también de noche, para colmo con lluvia. La decisión de adelantar las elecciones chocó también en este punto con el sentido común que indica que no se puede movilizar a todo un país el día del año que más frío hace. Pero el sentido común es un sentido muy poco común, últimamente.
Hemos elegido, nos hemos expresado como sociedad y en este punto también cada uno saca sus conclusiones. ¿Cómo leer una urna llena de sobres? Al día siguiente de la derrota –y horas después de que su marido renunciara a la Presidencia del PJ– Cristina Kirchner encontró la manera aparentemente científica y estadística de demostrar que el gobierno había ganado las elecciones.
Desde mi punto de vista la sociedad se expresó contra una manera de hacer política basada en el uso de la fuerza, la amenaza y la imposición de hechos consumados. Desde lo que yo pude interpretar, los votos piden debate y no órdenes, reclaman intercambio de ideas y consenso, exigen que los políticos gobernantes y opositores se sienten a trabajar en pos de un país más justo, más solidario, más previsible y más normal.
Pero se sabe que a estos políticos no les interesa mucho dialogar con la sociedad, mucho menos oír lo que la sociedad tiene que decirles a ellos. Y al día siguiente del comicio, algunos de los que ganaron empezaron a candidatearse para la Presidencia 2011; y los que perdieron se preocuparon más por no desaparecer del mapa político y aferrarse a sus privilegios que por entender un mensaje y ver qué pueden cambiar.
Da la sensación de que la mayoría de los políticos está más preocupado por mandar que por ver con quién se juntan para hacerlo; parece que están más interesados en gobernar que en resolver los problemas; y que están más decididos a dar rienda suelta a sus ambiciones que a ofrecerse generosamente a construir un proyecto.
La experiencia de la que formo parte –el partido Nuevo Encuentro– sigue siendo una alternativa, por suerte no la única a la vista. Además de la elección como diputados de Martín Sabbatella y Graciela Iturraspe, fue una gran noticia la elección de Pino Solanas en la Capital Federal. Un dato: entre Proyecto Sur y Nuevo Encuentro se juntó casi un millón de votos sólo en la ciudad y la provincia de Buenos Aires.
En ambas fuerzas y en otros partidos también hay gente muy valiosa, políticos que trabajan seriamente y no ponen delante de cualquier debate sus ambiciones personales ni su voluntad de llegar al poder. Martín Sabbatella, Pino Solanas, los dirigentes de la CTA, Hermes Binner y otros socialistas, Luis Juez, economistas como Claudio Lozano y José Sbattella, educadores como Alicia Argumedo, defensores de los derechos humanos como Adolfo Pérez Esquivel, luchadores sociales como Jorge Ceballos. Seguramente la lista puede duplicarse sin temor a disminuir la calidad ni el prestigio de la misma. Gente seria, gente coherente que no anda cambiando de discurso según le convenga, gente que se puede poner de acuerdo en un montón de temas. Claramente, a mi juicio, es toda gente que debería estar más junta, que separada.
No sé si esto es posible, muchos de ellos ya trabajan juntos o lo han hecho en el pasado, aunque la lista grande de dirigentes progresistas que hoy podrían constituir un partido fuerte y transformarse en una verdadera alternativa es una incógnita. Estamos hablando de transformar la realidad y para eso no alcanza con declaraciones altisonantes ni con ambigüedades.
Es hora de que muchos y muchas empecemos a elegir desde hoy –no esperar al 2011, por favor, cuando sea demasiado tarde– qué país queremos y qué dirigentes queremos que nos representen. Y es hora también de que nuestros dirigentes elijan qué proyecto van a construir, si el de una fuerza progresista y verdaderamente democrática que renueve la política y ofrezca esa nueva alternativa o el de conformarse con la denuncia y la oposición a lo que seguramente seguirán haciendo los que todavía nos gobiernan.
La derecha ya está agazapada frotándose las manos, con nostalgia de la fiesta que vivió en los años ’90. ¿Qué vamos a hacer nosotros?
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miércoles, 17 de junio de 2009
El conflicto
Antes de convertirme en un político nuevo, y durante esta experiencia también, porque de algo hay que vivir, fui y soy guionista, uno de los tantos oficios que intentan nutrir de contenido a nuestra TV. Por imposible que resulte mi misión (la de darle contenido a la tele) de vez en cuando me las arreglo para quedar conforme con algunos de los productos que salen de las teclas de esta computadora.
Una de las primeras cosas que se aprende cuando se es guionista es a usar el conflicto como motor del relato. Ya sea una ficción o un documental, pero también se lo puede detectar en cualquier reality show, programas de juegos, noticieros y hasta en los programas de chimentos, el conflicto busca atrapar al espectador y revelarle lo más tarde posible cómo se desata ese nudo.
¿Qué tiene el conflicto que no tenga la felicidad? ¿Qué lo hace tan interesante? Que es en esa condición en la que se ve la verdad más incuestionable. Que es en conflicto cuando menos mentimos, porque es en conflicto cuando nuestras acciones se vuelven elocuentes; y por más que digamos que amamos a la protagonista del film, si no estamos dispuestos a dar la vida por ella, en verdad mostraremos indiferencia.
En el conflicto las acciones tienen mucho más peso que las palabras. Y cuando un gobernante dice que ayuda a los pobres pero en las acciones beneficia mucho más a los ricos que aumentan sus fortunas mientras aquéllos incrementan sus miserias, ese gobernante tiene un conflicto claro: no puede ayudar por igual a pobres y ricos, y tiene que elegir. Lamentablemente ya sabemos cómo eligieron todos los que han tenido la oportunidad de hacerlo.
Al igual que en la ficción del cine y al igual que en las ficciones que se construyen en los noticieros y reality shows, en la vida real el conflicto es el motor principal de nuestras acciones, al menos de las más relevantes. Si nos sobra dinero, elegir un regalo en una vidriera o decidir hacerlo más tarde después de almorzar, es una decisión totalmente intrascendente, que seguramente no estaría en ningún relato serio. Pero si sólo nos quedan $20 y de verdad son nuestros últimos $20, resolver qué haremos con ellos es una decisión complicada y a la vez interesante de conocer.
En los asados y cumpleaños todos podemos ser buenas personas, contar chistes y participar alegremente de la vida de un grupo de amigos o conocidos. Ahora, si resulta que el anfitrión nos debe un dinero que nos pidió prestado y que se excusa en no poder pagarlo, y contradictoriamente comprobamos la gran vida que se da y cómo despilfarra lo que tiene, nuestra incomodidad en esa reunión será manifiesta. ¿Qué haremos, lo enfrentaremos, lo haremos ahí mismo frente a todos, lo dejaremos pasar? El conflicto nos envuelve y nos define, no deja lugar a dudas, más allá de lo que podamos decir, las que quedan son nuestras acciones.
Toda esta gran parábola alrededor del conflicto viene a cuento en un país que vive políticamente en conflicto. Y los personajes de esta historia, cada uno de los habitantes de la Argentina, tienen en pocos días una vez más la oportunidad de hacer algo y revelar su verdadera personalidad.
Con un antecedente cercano en la votación de 1995 en la que nadie reconocía haber votado a Menem y éste había ganado con el 50% de los votos, los porotos que se cuenten el 28 de junio a la noche hablarán de lo que somos y de lo que hacemos.
Ni ésta ni ninguna elección son en definitiva intrascendentes, ya que la construcción que se hace con la suma de ellas determinan quiénes nos gobiernan. Si permanentemente renegamos de los políticos de turno, si estamos de acuerdo en que son necesarios muchos cambios, tengamos claro que lo que hagamos en el cuarto oscuro tendrá una incidencia directa, tal vez no en el corto plazo, pero sí a la larga.
Estamos en conflicto, veamos qué hacemos como sociedad y después la seguimos.
Una de las primeras cosas que se aprende cuando se es guionista es a usar el conflicto como motor del relato. Ya sea una ficción o un documental, pero también se lo puede detectar en cualquier reality show, programas de juegos, noticieros y hasta en los programas de chimentos, el conflicto busca atrapar al espectador y revelarle lo más tarde posible cómo se desata ese nudo.
¿Qué tiene el conflicto que no tenga la felicidad? ¿Qué lo hace tan interesante? Que es en esa condición en la que se ve la verdad más incuestionable. Que es en conflicto cuando menos mentimos, porque es en conflicto cuando nuestras acciones se vuelven elocuentes; y por más que digamos que amamos a la protagonista del film, si no estamos dispuestos a dar la vida por ella, en verdad mostraremos indiferencia.
En el conflicto las acciones tienen mucho más peso que las palabras. Y cuando un gobernante dice que ayuda a los pobres pero en las acciones beneficia mucho más a los ricos que aumentan sus fortunas mientras aquéllos incrementan sus miserias, ese gobernante tiene un conflicto claro: no puede ayudar por igual a pobres y ricos, y tiene que elegir. Lamentablemente ya sabemos cómo eligieron todos los que han tenido la oportunidad de hacerlo.
Al igual que en la ficción del cine y al igual que en las ficciones que se construyen en los noticieros y reality shows, en la vida real el conflicto es el motor principal de nuestras acciones, al menos de las más relevantes. Si nos sobra dinero, elegir un regalo en una vidriera o decidir hacerlo más tarde después de almorzar, es una decisión totalmente intrascendente, que seguramente no estaría en ningún relato serio. Pero si sólo nos quedan $20 y de verdad son nuestros últimos $20, resolver qué haremos con ellos es una decisión complicada y a la vez interesante de conocer.
En los asados y cumpleaños todos podemos ser buenas personas, contar chistes y participar alegremente de la vida de un grupo de amigos o conocidos. Ahora, si resulta que el anfitrión nos debe un dinero que nos pidió prestado y que se excusa en no poder pagarlo, y contradictoriamente comprobamos la gran vida que se da y cómo despilfarra lo que tiene, nuestra incomodidad en esa reunión será manifiesta. ¿Qué haremos, lo enfrentaremos, lo haremos ahí mismo frente a todos, lo dejaremos pasar? El conflicto nos envuelve y nos define, no deja lugar a dudas, más allá de lo que podamos decir, las que quedan son nuestras acciones.
Toda esta gran parábola alrededor del conflicto viene a cuento en un país que vive políticamente en conflicto. Y los personajes de esta historia, cada uno de los habitantes de la Argentina, tienen en pocos días una vez más la oportunidad de hacer algo y revelar su verdadera personalidad.
Con un antecedente cercano en la votación de 1995 en la que nadie reconocía haber votado a Menem y éste había ganado con el 50% de los votos, los porotos que se cuenten el 28 de junio a la noche hablarán de lo que somos y de lo que hacemos.
Ni ésta ni ninguna elección son en definitiva intrascendentes, ya que la construcción que se hace con la suma de ellas determinan quiénes nos gobiernan. Si permanentemente renegamos de los políticos de turno, si estamos de acuerdo en que son necesarios muchos cambios, tengamos claro que lo que hagamos en el cuarto oscuro tendrá una incidencia directa, tal vez no en el corto plazo, pero sí a la larga.
Estamos en conflicto, veamos qué hacemos como sociedad y después la seguimos.
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lunes, 8 de junio de 2009
El voto pobre
No hace falta estar muy informado para saber que la actividad política está llena de pequeños buitres que viven de la carroña que pueden extraer de la miseria de la gente. El llamado "clientelismo político", es una forma muy instalada de relación entre los políticos y los problemas de la gente a la que representan.
Vale subrayar esto: se habla de clientelismo, porque hay clientes, los pobres dejan de ser representados para ser considerados clientes de una maquinaria política y económica. Para algún desprevenido que pueda haber oído hablar de esto y no tiene una idea clara de qué se trata exactamente, paso en limpio algunas de sus características:
Si lo que se entrega es una casa para salir de la villa, es muy probable que el espacio sea tan reducido que los supuestos beneficiados muchas veces prefieran seguir viviendo en la villa. En lugar de resolver un problema de vivienda, se piensa más en la foto con las casitas pintadas el día que venga la presidenta para inaugurarlas. Una vez que el helicóptero se lleva a los gobernantes y las cámaras de TV se alejan, los problemas de vivienda continúan como antes.
Hace algunas semanas estuvimos en la villa La Cava a raíz de una protesta por una represión policial que se había originado precisamente en el dilema que acabo de describir: una señora embarazada, que había recibido una casa del Plan Federal de Viviendas, había construido una pieza más ahora que la familia se agrandaba. Un Juez de Faltas de San Isidro ordenó la demolición de la pieza y ahí la Justicia sí que fue rápida y eficiente: en cuestión de horas organizaron un operativo y al amanecer entraron con las topadoras. La resistencia de los vecinos, que no pudo impedir la demolición, generó además que se ordenara la represión y en pocos minutos centenares de integrantes del cuerpo de infantería de la policía bonaerense invadieron la villa a balazos de goma.
Unas horas más tarde, con los ánimos más calmados y analizando en el lugar las posibles soluciones, se nos acercó un autodenominado "líder del barrio". Afirmó vivir ahí desde hacía 50 años y ahí nomás nos ofreció: "Si ustedes están de acuerdo, tienen el apoyo mío y de mi gente para lo que necesiten". El hombre ofrecía lo único que podía: votos, presencia en actos, gente; y obviamente quería saber qué teníamos nosotros para darle a cambio.
Las prácticas clientelistas están demasiado enraizadas a esta altura y cambiar esto es necesario, urgente y a la vez muy complicado. Repartiendo volantes puerta por puerta en el Partido de San Isidro, en más de una oportunidad nos salió al paso preguntando directamente: "¿Cuánto hay por votar?". Esto para muchos puede sonar escandaloso y absurdo, pero para otros es una realidad cotidiana y en muchos barrios del conurbano bonaerense se han acostumbrado a conseguir las cosas de esa manera.
¿Alguien oyó hablar alguna vez del "voto en cadena"? Consiste en una práctica muy habitual que se establece para comprar el voto. El puntero lleva a votar a "su gente", muchas veces van todos en un micro. Para votar, se sabe, debe hacérselo en un sobre que tenga las firmas del presidente de mesa y los fiscales de cada partido. El puntero necesita un sólo sobre de estos para iniciar su cadena; a veces se lo roba, otras veces alguien vota con un sobre trucho y se guarda el bueno. Una vez que el puntero tiene un sobre "bueno", con las firmas adecuadas, mete la boleta que él quiere (la dobla de una forma especial para reconocerla también en el escrutinio) y le da el sobre cerrado a su primer votante pago. La instrucción es simple: "Andá, meté este sobre en la urna; cuando vuelvas con el que te den a vos, te pago lo que arreglamos". El sistema funciona muy bien y es bastante complicado de desactivar, aún queriendo fiscalizar y aplicar las leyes electorales.
Luego de la reforma constitucional de 1994, en la que se eliminó la existencia del Colegio Electoral que repartía más federalmente el peso eleccionario, todos los comicios nacionales se definen en el conurbano bonaerense, donde votan más de 6 millones de personas. No resulta extraño que las últimas elecciones se hayan definido a favor del kirchnerismo fundamentalmente por la diferencia obtenida en los barrios más pobres del país. ¿Será porque son los más beneficiados por su gobierno o porque se trata de aquellos que están más atrapados por el sistema?
En casi todas las grandes ciudades (Buenos Aires, Rosario, Córdoba, etc.) los resultados electorales fueron bastante más esquivos y en muchas de estas ciudades el oficialismo directamente fue derrotado. Una posible conclusión sería que, en la medida que la gente avanza en la escala social, se educa, trabaja y necesita menos de la asistencia social, esa gente deja de votar al aparato peronista y busca opciones que le ofrezcan otras garantías institucionales.
Otra posible conclusión sería la siguiente: en la medida que en la Argentina (y en particular en el conurbano bonaerense) siga habiendo muchos pobres y necesitados el aparato peronista y el clientelismo político seguirán teniendo mucho trabajo. Si se observa que, muy a pesar de los pobres intentos del INDEC por negarlo, el número de pobres sigue estable desde que Kirchner asumió en 2003, reciclar la pobreza parece ser una de las misiones más exitosas de su gobierno.
Vale subrayar esto: se habla de clientelismo, porque hay clientes, los pobres dejan de ser representados para ser considerados clientes de una maquinaria política y económica. Para algún desprevenido que pueda haber oído hablar de esto y no tiene una idea clara de qué se trata exactamente, paso en limpio algunas de sus características:
- los involucrados son siempre muy pobres y necesitados, muchos tienen poco o nada de trabajo, escasa educación, vivienda precaria, familia numerosa, lo que puedan recibir es su principal estrategia de supervivencia.
- están a merced de lo que el Estado pueda hacer por ellos pero, a partir de los años '90, con las privatizaciones y el permanente retroceso del Estado, la cobertura en salud, educación, transportes y servicios en general cayó en picada y sólo obtienen muestras gratis de todo aquello que necesitan.
- para mejorar sus complicadas realidades siempre surge la figura del "puntero", una persona que hace de puente entre los pobres a los que representa y los ricos que gobiernan y ven cómo reparten sus dádivas.
- el puntero distribuye bienes y servicios tales como: a) subsidios de desempleo; b) alimentos; c) acceso a planes de vivienda; d) ropa; e) electrodomésticos; f) materiales de construcción; g) dinero en efectivo, etc.
- el puntero a su vez garantiza a los gobernantes con los que hace de intermediario básicamente tres cosas: a) paz, control social; b) presencia en actos con bombos y banderitas; y c) votos.
- por su valiosa tarea, por supuesto que el puntero se lleva siempre una buena tajada de aquello que ayuda a distribuir.
Si lo que se entrega es una casa para salir de la villa, es muy probable que el espacio sea tan reducido que los supuestos beneficiados muchas veces prefieran seguir viviendo en la villa. En lugar de resolver un problema de vivienda, se piensa más en la foto con las casitas pintadas el día que venga la presidenta para inaugurarlas. Una vez que el helicóptero se lleva a los gobernantes y las cámaras de TV se alejan, los problemas de vivienda continúan como antes.
Hace algunas semanas estuvimos en la villa La Cava a raíz de una protesta por una represión policial que se había originado precisamente en el dilema que acabo de describir: una señora embarazada, que había recibido una casa del Plan Federal de Viviendas, había construido una pieza más ahora que la familia se agrandaba. Un Juez de Faltas de San Isidro ordenó la demolición de la pieza y ahí la Justicia sí que fue rápida y eficiente: en cuestión de horas organizaron un operativo y al amanecer entraron con las topadoras. La resistencia de los vecinos, que no pudo impedir la demolición, generó además que se ordenara la represión y en pocos minutos centenares de integrantes del cuerpo de infantería de la policía bonaerense invadieron la villa a balazos de goma.
Unas horas más tarde, con los ánimos más calmados y analizando en el lugar las posibles soluciones, se nos acercó un autodenominado "líder del barrio". Afirmó vivir ahí desde hacía 50 años y ahí nomás nos ofreció: "Si ustedes están de acuerdo, tienen el apoyo mío y de mi gente para lo que necesiten". El hombre ofrecía lo único que podía: votos, presencia en actos, gente; y obviamente quería saber qué teníamos nosotros para darle a cambio.
Las prácticas clientelistas están demasiado enraizadas a esta altura y cambiar esto es necesario, urgente y a la vez muy complicado. Repartiendo volantes puerta por puerta en el Partido de San Isidro, en más de una oportunidad nos salió al paso preguntando directamente: "¿Cuánto hay por votar?". Esto para muchos puede sonar escandaloso y absurdo, pero para otros es una realidad cotidiana y en muchos barrios del conurbano bonaerense se han acostumbrado a conseguir las cosas de esa manera.
¿Alguien oyó hablar alguna vez del "voto en cadena"? Consiste en una práctica muy habitual que se establece para comprar el voto. El puntero lleva a votar a "su gente", muchas veces van todos en un micro. Para votar, se sabe, debe hacérselo en un sobre que tenga las firmas del presidente de mesa y los fiscales de cada partido. El puntero necesita un sólo sobre de estos para iniciar su cadena; a veces se lo roba, otras veces alguien vota con un sobre trucho y se guarda el bueno. Una vez que el puntero tiene un sobre "bueno", con las firmas adecuadas, mete la boleta que él quiere (la dobla de una forma especial para reconocerla también en el escrutinio) y le da el sobre cerrado a su primer votante pago. La instrucción es simple: "Andá, meté este sobre en la urna; cuando vuelvas con el que te den a vos, te pago lo que arreglamos". El sistema funciona muy bien y es bastante complicado de desactivar, aún queriendo fiscalizar y aplicar las leyes electorales.
Luego de la reforma constitucional de 1994, en la que se eliminó la existencia del Colegio Electoral que repartía más federalmente el peso eleccionario, todos los comicios nacionales se definen en el conurbano bonaerense, donde votan más de 6 millones de personas. No resulta extraño que las últimas elecciones se hayan definido a favor del kirchnerismo fundamentalmente por la diferencia obtenida en los barrios más pobres del país. ¿Será porque son los más beneficiados por su gobierno o porque se trata de aquellos que están más atrapados por el sistema?
En casi todas las grandes ciudades (Buenos Aires, Rosario, Córdoba, etc.) los resultados electorales fueron bastante más esquivos y en muchas de estas ciudades el oficialismo directamente fue derrotado. Una posible conclusión sería que, en la medida que la gente avanza en la escala social, se educa, trabaja y necesita menos de la asistencia social, esa gente deja de votar al aparato peronista y busca opciones que le ofrezcan otras garantías institucionales.
Otra posible conclusión sería la siguiente: en la medida que en la Argentina (y en particular en el conurbano bonaerense) siga habiendo muchos pobres y necesitados el aparato peronista y el clientelismo político seguirán teniendo mucho trabajo. Si se observa que, muy a pesar de los pobres intentos del INDEC por negarlo, el número de pobres sigue estable desde que Kirchner asumió en 2003, reciclar la pobreza parece ser una de las misiones más exitosas de su gobierno.
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